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jueves, 31 de enero de 2019

De streetstyle & outfit

Coincido con quienes sostienen que uno es libre de vestir y andar como quiera. Pero una cosa es la postura personal y otra encontrarse frente al “encargo” de sostener lo contrario.

—Por favor, explícale a esta "señorita" el porqué no puede salir a la calle vestida así. —¿Yo, por qué? —Porque a ti te escucha.

"La señorita", una jovencita de 19 años viviendo el boom del streetstyle, con, según ella, un outfit que le llevó horas componer; conteniendo una rabieta, espera.

No sé si llego a pensar en algo, algunas ideas borrosas se escapan del argumento que quiero componer. En tanto, me pregunto: ¿cómo le digo que la falda es muy corta, que su camiseta es más pequeña que…? ¿Cómo le digo que se ponga más ropa si con el calor que se siente eso sería como enviarla a la hoguera? Dirijo una mirada de súplica a la madre: “aparta de mí este cáliz”. Pero ella, inconmovible: —¡Siéntate y escucha!

De golpe acude a mi memoria el recuerdo de la primera vez que se desdibujó mi corte alemán (un estilo de recorte de cabello de mi época: al ras, con un pequeño mechón sobre la frente). Había llegado a mis oídos los compases de Love Me Do y dejé pasar una semana la visita quincenal al peluquero. Mi padre, alcanzándome dos soles, ordenó: —¡Coco!

Con una postura de desamparo, dije derrotado: —Nosotros somos del siglo pasado, en éste hay demasiados peligros en la calle, sólo queremos tu seguridad. No sé si estuvo de acuerdo conmigo o se compadeció de mí, presumo que fue lo segundo. Volvió a su cuarto, se puso algo encima que satisfizo a su madre y salió. Respiré aliviado.

sábado, 10 de septiembre de 2016

El viento en la cara no enferma

Hace algún tiempo leí en un diario local que anualmente se registran en nuestro país más de veintisiete mil casos de tuberculosis, que ubican a Perú entre los primeros que sufren este mal en América. Lo recordé hoy, mientras charlaba con un amigo médico. Me contó que, camino a nuestro encuentro, mientras viajaba en una combi en hora punta, se encontró, lado a lado, con uno de sus pacientes. La combi estaba repleta y todas las ventanas cerradas. A propósito, su paciente sufre de tuberculosis.

—¿Qué hiciste? —Me hice el loco, fingí un estornudo y me tapé con un pañuelo. —¿Quieres decirme que más de uno tiene que haberse contagiado en esa combi? —No te puedo decir que no. —¿Pediste, por lo menos, que abran las ventanillas? —¿En qué mundo vives? ¿No has visto cómo viaja la gente en las combis? Somnolientos, aletargados por el aire viciado que comparten. Alguna vez traté, me identifiqué como médico, les dije que no era saludable viajar con las ventanas cerradas por el riesgo de contraer enfermedades de transmisión aérea. No me atendieron. Otro día, se lo pedí a un joven, argumenté que el ambiente estaba muy cargado, el aire viciado. Como no me hacía caso, traté de asustarlo: tengo TBC, te puedo contagiar. —Váyase para adelante —me contestó.

Nos sirvieron el café, seguimos conversando, me contó que en el hospital donde labora cada día se registran más médicos contagiados con este mal por las condiciones en las que tienen que hacer su trabajo.

Como la educación, la seguridad y un largo etcétera, la salud tampoco es preocupación de nuestras autoridades. No voy a lanzar aquí una proclama incendiaria reclamando sus cabezas, pero sí quisiera dirigirme, por lo menos, a las personas con las que comparto el transporte cada día: el viento en la cara no enferma.

Y por si a alguien "con capacidad de hacer algo" le interesara:

Lo calmo es fácil de retener 
Lo que aún no es manifiesto es fácil de evitar 
Lo frágil es fácil de quebrar 
Lo pequeño es fácil de disipar 
Trata con las cosas antes de que entren en la existencia 
Ordena las cosas antes de que empiece el desorden 
Un árbol que apenas se puede abrazar nació de una pequeña semilla 
Una torre de nueve pisos empezó por un puñado de tierra 
Un largo camino empieza a nuestros pies 
Por eso el sabio cuida tanto el principio como el final 
Y así no fracasa 
Pero el hombre vulgar en cualquier negocio siempre fracasa en vísperas de terminar (*)

Aquí me detengo y me pregunto: ¿lo entenderán? Mejor me dirijo a mis compañeros de viaje: ¡por favor, abran las ventanas!

*Tomado del Tao Te King