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miércoles, 20 de mayo de 2026

¿Izquierda, derecha? Esquina

No me manejo por etiquetas políticas ni por marcadores simbólicos. La dicotomía izquierda–derecha siempre la he visto como dos maneras distintas de repartir el poder y la plata, pero contadas con palabras bonitas.

Ambos bandos se presentan como los buenos de la película. Sin embargo, lo que realmente está en juego es algo más simple: ¿quién decide qué hacer con el dinero de tus impuestos y hasta dónde puede llegar el poder para meterse en tu casa, tu negocio o tu vida?

Izquierda: el Estado es tu papá. Él te va a dar todo y te va a cuidar; pero, a cambio, hazle caso y ponte en la fila.
Derecha: el Estado es un estorbo. Hazte solo con tu esfuerzo; pero, si te va mal, es tu problema. No llores.
Izquierda: hay que quitarles a los que tienen más para darles a los que tienen menos.
Derecha: si le quitas al que produce, dejará de hacerlo y, al final, todos terminaremos más pobres.

Esa dicotomía siempre me pareció un engañamuchachos. Sirve para que la gente se pelee, se odie con el vecino por un cartel político y no se dé cuenta de que, muchas veces, unos y otros, cuando llegan al poder, terminan aliándose con los mismos de siempre o robando por igual.

No me identifico con esas etiquetas porque simplifican demasiado la realidad. Eso no significa que no tenga una forma de pensar. La tengo, pero prefiero describirla por sus principios antes que por un rótulo político.

En el plano del conocimiento, soy empírico-racional. Me opongo tanto al dogmatismo como al intuicionismo. Prefiero los hechos verificables antes que la ideología pura. Creo en lo que puedo observar, contrastar y comprender, sin dejar de usar la razón.

En el plano filosófico, me siento cercano al epicureísmo, aunque sin exageraciones. Busco que mi cuerpo esté libre de dolor y mi mente de angustia, miedo o confusión. Valoro el placer moderado, la amistad y la autosuficiencia. Aprecio mucho a mis amigos y trato de depender lo menos posible de los demás.

Y, en lo económico, simpatizo con el agorismo: una palabra elegante para decir que creo en el trabajo independiente y en la informalidad ejercida con responsabilidad. Como artista, siempre me he generado mi propia chamba. He hecho teatro en parques, plazas, casas vacías, garajes o cualquier otro espacio no convencional. También he montado mi taller o mi estudio en una playa, como El Silencio. Yo decido cuándo empiezo, cuándo termino y cuáles son mis metas.

Esa misma libertad intenté mantenerla cuando trabajé para el Estado. Fueron veinte años, más por amistad con los directores de la escuela que por el sueldo —solo alcanzaba para gasolina, mantenimiento y el lugar de estacionamiento de mi automóvil—. Lo hacía convencido de que estaba aportando a la formación de nuevos artistas (vanidad, diría mi padre).

Hoy, al mirar atrás, me hago una autocrítica: no logré conciliar mi propia labor creativa con la docencia. Tal vez por mis propias limitaciones al intentar navegar ambas aguas. Como artista, dejé de crear.

Para mí, la única forma de vivir con dignidad, sin agachar la cabeza ni pedir favores, es en una sociedad donde cada persona pueda trabajar y emprender libremente, sin que el Estado esté constantemente encima. Como decimos por ahí: que nadie te joda y tú no jodas a nadie.

Por eso, si alguien insiste en ponerme una etiqueta, diría que esas referencias describen aspectos de mi manera de pensar, no una camiseta política. No sigo una doctrina completa ni pertenezco a ningún bando. Tomo las ideas que considero útiles y descarto las que no resisten la realidad.

La izquierda suele culpar a los empresarios; la derecha, a los vagos y al Estado. Pero quien tiene calle sabe que la solución no está ni en la izquierda ni en la derecha, sino en la esquina: en la viveza bien entendida —no en la pendejada—, en la autogestión y en salir adelante a pesar de todo, sin esperar que ningún político, sea del color que sea, venga a salvarte.

sábado, 8 de marzo de 2025

Vacaciones útiles, en la escuela de paracaidismo

Era un programa de esos llamados «Vacaciones útiles». Éramos cinco profesores al frente de un enérgico grupo de casi cien niños.

Con la habitual desgana que me producía trabajar con infantes, pero con la obligación laboral presente, me dispuse a llevar a cabo el plan de actividades para ese verano.

A las ocho en punto, estábamos listos para la aventura. El autobús vibraba con la energía desbordante de los niños; un torbellino de risas y movimientos incesantes llenaba el espacio mientras subían y bajaban de sus asientos. Finalmente, partimos rumbo a la escuela de paracaidismo.

Eran muchas las actividades programadas para ese verano, y esta visita a la escuela de paracaidismo era una de las más singulares. Ahí, instructores del ejército peruano nos mostrarían los rigurosos entrenamientos a los que se sometían los futuros paracaidistas de su cuerpo de élite.

A nuestra llegada, un guía nos esperaba para conducirnos a través de las instalaciones. Comenzamos a recorrer las diversas estaciones por las que pasaban, durante su entrenamiento, los futuros paracaidistas. Por un lado, un grupo realizaba ejercicios básicos de gimnasia; por otro, de uno en uno, se hacían un ovillo y caían de costado al suelo; más allá, lo mismo, pero saltando desde una pequeña elevación; luego, desde una estructura que simulaba el fuselaje de un avión. Finalmente, llegamos frente a una torre de unos cinco pisos. Ahí nos esperaba el jefe de entrenamiento, quien nos recibió muy amablemente y comenzó a explicarnos lo que habíamos visto.

Todo marchaba muy bien. Todo apuntaba a que terminaríamos la mañana sin novedad y que al día siguiente sería otro, con otra visita a otro lugar de interés.

Yo andaba absorto en mis pensamientos, ajeno al entusiasmo que el guía, jefe de la escuela de paracaidismo, despertaba en los niños y mis colegas. De pronto, éste preguntó a los niños si les estaba gustando la visita. Todos respondieron en coro que sí. "¿Quieren ver cómo se lanzan desde esta torre los alumnos de paracaidismo?", preguntó el guía. Nuevamente, en coro, respondieron que sí. Y vimos a los futuros paracaidistas del ejército peruano asomarse a la puerta de salto de esa torre, gritar su nombre y saltar sujetos por unas correas, para deslizarse por una línea hasta un montículo de arena dispuesto a unos cien metros.

Saltaron varios muchachos, pero uno se resistió en el último momento. Volvió a intentarlo, pero no pudo; así que lo retiraron de la línea de salto. Y siguieron otros.

De pronto, el guía se dirigió a los niños y les preguntó: "¿Les gustó?". "Sí", fue la respuesta unánime. "¿Les gustaría saltar?", volvieron a gritar. "Bueno", dijo el guía, "todos no pueden hacerlo, pero uno sí. ¿Quién quiere saltar?". "¡Juan!", gritaron todos. "¿Quién es Juan?", preguntó el guía. Todos se voltearon y me señalaron a mí. "A ver, Juan, suba a la torre", me indicó el guía. No tuve tiempo de pensarlo, negarme, excusarme ni nada parecido. Avancé y me dirigí a la torre de salto.

Mientras caminaba, evalué la situación. No parecía tan alto. Lo que había visto hacer no me parecía peligroso; además, el ejercicio me parecía muy seguro; no se iban a arriesgar a tener algún problema con algún visitante.

Subí las escaleras de esa torre, que, mientras me acercaba, parecía crecer en altura. Cuando llegué a la puerta de salto, la cosa ya no me pareció divertida. Se veía altísimo. Me pusieron los arneses correspondientes y me paré en la puerta de salida. Nervioso, le pedí al encargado de controlar los saltos: "Voy a contar hasta tres; si no salto, usted me empuja (no quería quedar mal)". "Ya, no se preocupe", me dijo el sargento.

Cuando recibí la indicación de saltar, grité mi nombre y comencé a contar: "Uno…". En ese momento, recibí un empujón. Nada que ver con el ovillo elegante de los reclutas: salí como pulpo en huida, brazos y piernas agitándose en el vacío. Fueron unos breves segundos, pero, como se suele decir: eternos. Cuando comencé a deslizarme por la línea, rumbo al montículo de arena, recuperé la calma.

Cuando me reencontré con el que me empujó, le «reclamé»: "¿Qué pasó? No me dejó contar". "Usted me dijo que no lo dejara quedar mal; si espero a que cuente y no salta, no hay fuerza que lo saque; ya tengo mucha experiencia en eso". Tenía razón, así que le agradecí y le invité a una gaseosa. Por lo demás, para mí, con eso, ya había terminado el día.

sábado, 7 de diciembre de 2024

Los nuevos gambusinos

Es curiosa la importancia que han adquirido los influencers, a través de las redes sociales, en la vida de las personas. Significación que no sé si corresponde «condenar». Al fin y al cabo, el éxito más celebrado siempre fue el crematístico.

En el mundo real, alcanzar algún éxito requiere esfuerzo; en el mundo virtual, ese logro, al parecer al alcance de un clic, solo requiere osadía.

¿Qué es, ahora, el éxito? Obtener «vistas»; que, «al cambio», pueden significar una súbita fortuna que ningún sacrificado trabajador podría soñar, por muy esforzado que fuese.

Ya no es necesario excavar la tierra, lavarla. La figura del gambusino ha sido reemplazada por la del influencer: aquel que no explora montañas acompañado por una bestia que lleve a cuestas sus herramientas ni pasa hambre ni frío; usualmente, le basta una cámara y regodearse en el gusto popular o, lo que parece ser lo mismo, el mal gusto de las masas: esas que banalizan el mal y desprecian la buena calidad o el buen gusto. Penosamente, a la mayoría, estas cualidades nos resultan ajenas y, en algunos casos, indeseadas.

Así, la vida parece fácil cuando se trata de oro.

Pero, como el mundo virtual depende del real, el oro en la red también es esquivo: es necesario algún talento.

La fiebre del influencer pasará, como toda calentura.

sábado, 16 de noviembre de 2024

No encolochar

Haz lo que te gusta
y no trabajarás un día

Confucio


En rigor, Confucio no dijo: «ganarás plata».

Convengo con el aforismo: «hago lo que me gusta». ¿Gano plata con eso? No. En mi opinión, esas son dos actividades completamente distintas que podrían ir por el mismo camino, pero que, generalmente, no lo hacen. Además, no le pongo el mismo empeño a hacer lo que me gusta que a ganar dinero.

Cuando hago lo que me gusta, no pienso en el dinero; cuando procuro dinero, no me detengo a pensar si lo que estoy haciendo me gusta o no; me basta con que sea lícito.

Cuando uno hace lo que le gusta, involucra todo el ser en la tarea, como cuando se ama. Por lo demás, la acción de amar es algo muy complicado. Felizmente (o infelizmente), el común de las personas se complace con unas palabras.

Sobre esto, recuerdo a un amigo que vivía en Villa El Salvador, exactamente por la «curva del diablo». Se enamoró de una chica que vivía en Puente Piedra, por «Las Lomas». Todos los días, muy temprano, salía de su casa en Villa El Salvador e iba a Puente Piedra; ahí, se encontraba con ella y la acompañaba a su trabajo en el Centro de Lima; luego, él se iba al suyo. Por la tarde, al terminar la jornada, pasaba por ella y la acompañaba a su casa en «Las Lomas» y, de ahí, se dirigía a la suya por «La curva del diablo». Así, todos los días. De su casa a la de ella había una distancia de unos sesenta kilómetros; él hacía ese tramo dos veces, o sea, recorría ciento veinte kilómetros. Adicionalmente, de Las Lomas al centro de Lima, otros treinta kilómetros que, de ida y vuelta, suman sesenta kilómetros más. Es decir, todos los días él recorría unos ciento ochenta kilómetros; distancia que, en una ruta sin obstáculos, se puede hacer en unas dos horas, pero no en Lima. Y él lo hacía con gusto; bueno, esto último, no sé; imagino que sí.

Eso no le reportaba dinero, todo lo contrario: gastaba en pasajes (de él y de ella). Invertía, además, tiempo. Me pregunto entonces: ¿qué fuerza lo empujaba a actuar así?

Bueno, ¿cuántos de nosotros nos sentimos impulsados, de la misma manera, a ganar dinero? ¿Cuántos salimos temprano a «recorrer noventa kilómetros», pasar por los inconvenientes que eso supone y hacer lo necesario? Y luego de la jornada, muy tarde, ¿hacer el mismo recorrido, volver a casa y descansar un par de horas para repetir lo mismo al día siguiente?

No. Hacer lo que a uno le gusta no es lo mismo que trabajar. Trabajar es otra cosa; ganar plata, también. Trabajar es tener una obligación pagada que, dependiendo de la demanda y/o competencia, puede ser bien o mal remunerada.

Por cierto, para acumular dinero hay que tener talento.