Traducir

martes, 1 de septiembre de 2026

El caballo brujo

Terminada mi etapa escolar, tenía que decidir qué hacer: ¿cuál iba a ser mi futuro? Me inclinaba por las artes plásticas aunque sin mucha convicción; no por falta de vocación o aptitudes, sino porque la opción «correcta» era ir a la universidad por una carrera liberal: Medicina, Derecho o Ingeniería. Lo contrario decepcionaría a mis padres.

En pleno verano, postulé a la Escuela de Bellas Artes sin ambición que me impulsara ni miedo que me paralizara. Pero una conversación que escuché de madrugada sin querer, en la que mi madre le decía con mucha pena a mi padre: «—Seguramente no se siente capaz—», me decidió finalmente por ir a la universidad, como todos, aunque el ingreso se veía como una posibilidad muy remota. El número de vacantes en el programa de Ciencias e Ingeniería era muy reducido, apenas 200, y los postulantes éramos miles. La mayoría estaba muy preparada en matemáticas, mi talón de Aquiles.

Por esa época, el ajedrez estaba en boca de todos. En Buenos Aires se había desarrollado la competencia que enfrentó a Bobby Fischer contra Tigrán Petrosian para definir al contendiente de Boris Spassky por el título mundial. Yo, como todos, comentaba el triunfo de Fischer, pero no sabía jugar. En mi barrio solo había uno que lo hacía, Jorge B., y no le interesaba enseñarme. De tanto en tanto lo veía en tediosas partidas con extraños, en actitudes muy sesudas. El caso es que mi apremio por prepararme para postular y las noticias del fenómeno Fischer, por alguna razón que no sé precisar, me indicaron que mi medio inmediato era practicar ajedrez. Según yo, para entrenar mi razonamiento.

Compré un tablero barato. Venía con una hoja de instrucciones sobre cómo mover las piezas y las reglas básicas, que aprendí casi de inmediato. El siguiente paso fue enseñarle a mis amigos, porque si no, ¿con quién iba a jugar? Pronto, todos jugábamos.

Nos fuimos familiarizando con los referentes del juego. Como si se tratase de futbolistas, los nombres de Viktor Korchnoi, Anatoly Karpov, Capablanca, Orestes Rodríguez y Najdorf, así como expresiones tipo «Gambito de Dama», «Defensa India de Rey» o «Apertura Ruy López», eran citados en nuestras partidas aunque no correspondieran a lo que estábamos haciendo. Simplemente nos divertía. Incluso nuestros apodos cambiaron: uno pasó a llamarse «Bobo Fisher», otro simplemente «Anatolio», y así.

«¡Carajovich!» era la expresión recurrente ante una jugada sorprendente. Y «¡Jaca jaca!» (un sonido entre la G y la J que terminaba en A) era una muletilla para disfrazar una expresión vulgar que sugería, figurativamente, que nos sacaran el dedo que nos habían introducido con esa jugada.

De pronto, fueron apareciendo tableros de ajedrez de diferentes calidades, colores y medidas «reglamentarias». Nadie se quedaba mirando: todos jugábamos. Nuestros encuentros los desarrollábamos en el parque del barrio. Nos encontrábamos después del almuerzo e iniciábamos, diariamente, unas competencias que duraban hasta muy tarde en la noche.

Un día, cuando ya caía la noche y el parque estaba envuelto en una penumbra apenas matizada por las luces mortecinas del alumbrado público —que iluminaban penosamente caballos, reyes y alfiles—, un grupo de agentes de la PIP irrumpió en la escena con pasos firmes y miradas severas. El silencio se hizo tan denso que hasta los más palomillas se asustaron.

—¿Qué hacen aquí? —tronó el jefe del operativo. —Jugando ajedrez —respondimos, casi al unísono, con la inocencia de quien no tiene nada que ocultar.

No nos creyeron. Revisaron nuestros bolsillos buscando lo prohibido. Nada. En nuestras manos solo había peones, alfiles y reinas de plástico barato. El jefe nos miró con una mezcla de incredulidad y curiosidad.

—¿Así que juegan ajedrez? —dijo, alargando la frase como si fuera una trampa—. ¿Quién es el mejor?

Las miradas se cruzaron y, sin saber por qué, me señalaron a mí. Como jugábamos tendidos en el pasto, el agente se puso en cuclillas frente al tablero. El parque entero contuvo la respiración. La partida fue breve: sus movimientos eran simples; los míos, afilados por tantas tardes de práctica. El jaque mate llegó como una falta de respeto que nos puso más nerviosos aún. Las miradas de mis amigos inquirían: «¡Por qué no te dejaste ganar!».

El silencio se quebró con una sonrisa inesperada. El agente sacó una tarjeta y me la entregó: —Si tienen algún problema, me buscan.

Se fueron dejando atrás un parque que volvió a llenarse de risas, de «¡Carajovich!» y «¡Jaca jaca!», como si el ajedrez hubiera demostrado ser más que un juego: un pasaporte a la honorabilidad.

En muy poco tiempo nos adentramos en el ambiente ajedrecístico de Lima y comenzamos a frecuentar algunos clubes, pero solo como tímidos observadores. En esas estábamos cuando nos enteramos de que había un club llamado «El Alfil Mágico». Nos gustó el nombre y, por puro humor, nos bautizamos «El Caballo Brujo» y comenzamos a tentar suerte en algunos torneos de barrio. La práctica constante nos había permitido desarrollar algunas intuiciones sobre el juego y, con ellas, logramos algunos triunfos que celebrábamos con el entusiasmo de quien gana un campeonato mundial.

Durante el desarrollo del enfrentamiento entre Fischer y Spassky, nos atrevimos a realizar algunos análisis de las partidas y a proponer variantes de juego. Fischer era nuestro favorito, pero a la hora de jugar, «nosotros éramos rusos».

En agosto, antes del llamado «Match del Siglo» desarrollado en Reikiavik que Fischer terminó ganando, mi padre, al dejarme en la cola y ver el número de postulantes, me dijo para confortarme: —No te preocupes, si no ingresas te pongo en una academia de preparación y el próximo año lo vuelves a intentar.

Ingresé a la universidad en el tercer puesto. No fue un día que celebré especialmente. Recuerdo, eso sí, a una chica junto a la pizarra de resultados: —No ingresaste, ¿y ahora? —le dijo su amiga. —Me caso —respondió.

Yo, en silencio, pensé que el ajedrez me había dado algo más que un lugar en la universidad: me había enseñado a pensar, a resistir, a jugar la vida con estrategia.

El primer día de clases no pude evitar un «¡Carajovich!».

miércoles, 20 de mayo de 2026

¿Izquierda, derecha? Esquina

No me manejo por etiquetas políticas ni por marcadores simbólicos. La dicotomía izquierda–derecha siempre la he visto como dos maneras distintas de repartir el poder y la plata, pero contadas con palabras bonitas.

Ambos bandos se presentan como los buenos de la película. Sin embargo, lo que realmente está en juego es algo más simple: ¿quién decide qué hacer con el dinero de tus impuestos y hasta dónde puede llegar el poder para meterse en tu casa, tu negocio o tu vida?

Izquierda: El Estado es tu papá. Él te va a dar todo y te va a cuidar; pero, a cambio, hazle caso y ponte en la fila.
Derecha: El Estado es un estorbo. Hazte solo con tu esfuerzo; pero, si te va mal, es tu problema. No llores.
Izquierda: Hay que quitarles a los que tienen más para darles a los que tienen menos.
Derecha: Si le quitas al que produce, dejará de hacerlo y, al final, todos terminaremos más pobres.

Esa dicotomía siempre me pareció un engañamuchachos. Sirve para que la gente se pelee, se odie con el vecino por un cartel político y no se dé cuenta de que, muchas veces, unos y otros, cuando llegan al poder, terminan aliándose con los mismos de siempre o robando por igual.

No me identifico con esas etiquetas porque simplifican demasiado la realidad. Eso no significa que no tenga una forma de pensar. La tengo, pero prefiero describirla por sus principios antes que por un rótulo político.

En el plano del conocimiento, soy empírico-racional. Me opongo tanto al dogmatismo como al intuicionismo. Prefiero los hechos verificables antes que la ideología pura. Creo en lo que puedo observar, contrastar y comprender, sin dejar de usar la razón.

En el plano filosófico, me siento cercano al epicureísmo, aunque sin exageraciones. Busco que mi cuerpo esté libre de dolor y mi mente de angustia, miedo o confusión. Valoro el placer moderado, la amistad y la autosuficiencia. Aprecio mucho a mis amigos y trato de depender lo menos posible de los demás.

Y, en lo económico, simpatizo con el agorismo; una palabra elegante para decir que creo en el trabajo independiente y en la informalidad ejercida con responsabilidad. Como artista, siempre me he generado mi propia chamba. He hecho teatro en parques, plazas, casas vacías, garajes o cualquier otro espacio no convencional. También he montado mi taller o mi estudio en una playa, como El Silencio. Y cuando he incursionado en el ámbito empresarial lo he hecho con recursos propios. Yo decido cuándo empiezo, cuándo termino y cuáles son mis metas.

No soy masa ni mercancía.

Para mí, la única forma de vivir con dignidad, sin agachar la cabeza ni pedir favores, es en una sociedad donde cada persona pueda trabajar y emprender libremente, sin que el Estado esté constantemente encima. Como decimos por ahí: que nadie te joda y tú no jodas a nadie.

Por eso, si alguien insiste en ponerme una etiqueta, diría que esas referencias describen aspectos de mi manera de pensar, no una camiseta política. 

La izquierda suele culpar a los empresarios; la derecha, a los vagos y al Estado. Pero quien tiene calle sabe que la solución no está ni en la izquierda ni en la derecha, sino en la esquina: en la viveza bien entendida —no en la pendejada—, en la autogestión y en salir adelante a pesar de todo, sin esperar que ningún político, sea del color que sea, venga a salvarte.

sábado, 8 de marzo de 2025

Vacaciones útiles, en la escuela de paracaidismo

Era un programa de esos llamados «Vacaciones útiles». Éramos cinco profesores al frente de un enérgico grupo de casi cien niños.

Con la habitual desgana que me producía trabajar con infantes, pero con la obligación laboral presente, me dispuse a llevar a cabo el plan de actividades para ese verano.

A las ocho en punto, estábamos listos para la aventura. El autobús vibraba con la energía desbordante de los niños; un torbellino de risas y movimientos incesantes llenaba el espacio mientras subían y bajaban de sus asientos. Finalmente, partimos rumbo a la escuela de paracaidismo.

Eran muchas las actividades programadas para ese verano, y esta visita a la escuela de paracaidismo era una de las más singulares. Ahí, instructores del ejército peruano nos mostrarían los rigurosos entrenamientos a los que se sometían los futuros paracaidistas de su cuerpo de élite.

A nuestra llegada, un guía nos esperaba para conducirnos a través de las instalaciones. Comenzamos a recorrer las diversas estaciones por las que pasaban, durante su entrenamiento, los futuros paracaidistas. Por un lado, un grupo realizaba ejercicios básicos de gimnasia; por otro, de uno en uno, se hacían un ovillo y caían de costado al suelo; más allá, lo mismo, pero saltando desde una pequeña elevación; luego, desde una estructura que simulaba el fuselaje de un avión. Finalmente, llegamos frente a una torre de unos cinco pisos. Ahí nos esperaba el jefe de entrenamiento, quien nos recibió muy amablemente y comenzó a explicarnos lo que habíamos visto.

Todo marchaba muy bien. Todo apuntaba a que terminaríamos la mañana sin novedad y que al día siguiente sería otro, con otra visita a otro lugar de interés.

Yo andaba absorto en mis pensamientos, ajeno al entusiasmo que el guía, jefe de la escuela de paracaidismo, despertaba en los niños y mis colegas. De pronto, éste preguntó a los niños si les estaba gustando la visita. Todos respondieron en coro que sí. "¿Quieren ver cómo se lanzan desde esta torre los alumnos de paracaidismo?", preguntó el guía. Nuevamente, en coro, respondieron que sí. Y vimos a los futuros paracaidistas del ejército peruano asomarse a la puerta de salto de esa torre, gritar su nombre y saltar sujetos por unas correas, para deslizarse por una línea hasta un montículo de arena dispuesto a unos cien metros.

Saltaron varios muchachos, pero uno se resistió en el último momento. Volvió a intentarlo, pero no pudo; así que lo retiraron de la línea de salto. Y siguieron otros.

De pronto, el guía se dirigió a los niños y les preguntó: "¿Les gustó?". "Sí", fue la respuesta unánime. "¿Les gustaría saltar?", volvieron a gritar. "Bueno", dijo el guía, "todos no pueden hacerlo, pero uno sí. ¿Quién quiere saltar?". "¡Juan!", gritaron todos. "¿Quién es Juan?", preguntó el guía. Todos se voltearon y me señalaron a mí. "A ver, Juan, suba a la torre", me indicó el guía. No tuve tiempo de pensarlo, negarme, excusarme ni nada parecido. Avancé y me dirigí a la torre de salto.

Mientras caminaba, evalué la situación. No parecía tan alto. Lo que había visto hacer no me parecía peligroso; además, el ejercicio me parecía muy seguro; no se iban a arriesgar a tener algún problema con algún visitante.

Subí las escaleras de esa torre, que, mientras me acercaba, parecía crecer en altura. Cuando llegué a la puerta de salto, la cosa ya no me pareció divertida. Se veía altísimo. Me pusieron los arneses correspondientes y me paré en la puerta de salida. Nervioso, le pedí al encargado de controlar los saltos: "Voy a contar hasta tres; si no salto, usted me empuja (no quería quedar mal)". "Ya, no se preocupe", me dijo el sargento.

Cuando recibí la indicación de saltar, grité mi nombre y comencé a contar: "Uno…". En ese momento, recibí un empujón. Nada que ver con el ovillo elegante de los reclutas: salí como pulpo en huida, brazos y piernas agitándose en el vacío. Fueron unos breves segundos, pero, como se suele decir: eternos. Cuando comencé a deslizarme por la línea, rumbo al montículo de arena, recuperé la calma.

Cuando me reencontré con el que me empujó, le «reclamé»: "¿Qué pasó? No me dejó contar". "Usted me dijo que no lo dejara quedar mal; si espero a que cuente y no salta, no hay fuerza que lo saque; ya tengo mucha experiencia en eso". Tenía razón, así que le agradecí y le invité a una gaseosa. Por lo demás, para mí, con eso, ya había terminado el día.

sábado, 7 de diciembre de 2024

Los nuevos gambusinos

Es curiosa la importancia que han adquirido los influencers, a través de las redes sociales, en la vida de las personas. Significación que no sé si corresponde «condenar». Al fin y al cabo, el éxito más celebrado siempre fue el crematístico.

En el mundo real, alcanzar algún éxito requiere esfuerzo; en el mundo virtual, ese logro, al parecer al alcance de un clic, solo requiere osadía.

¿Qué es, ahora, el éxito? Obtener «vistas»; que, «al cambio», pueden significar una súbita fortuna que ningún sacrificado trabajador podría soñar, por muy esforzado que fuese.

Ya no es necesario excavar la tierra, lavarla. La figura del gambusino ha sido reemplazada por la del influencer: aquel que no explora montañas acompañado por una bestia que lleve a cuestas sus herramientas ni pasa hambre ni frío; usualmente, le basta una cámara y regodearse en el gusto popular o, lo que parece ser lo mismo, el mal gusto de las masas: esas que banalizan el mal y desprecian la buena calidad o el buen gusto. Penosamente, a la mayoría, estas cualidades nos resultan ajenas y, en algunos casos, indeseadas.

Así, la vida parece fácil cuando se trata de oro.

Pero, como el mundo virtual depende del real, el oro en la red también es esquivo: es necesario algún talento.

La fiebre del influencer pasará, como toda calentura.