Traducir

sábado, 3 de abril de 2021

Nombres o rótulos

Un día, hace mucho, se me ocurrió preguntarle a mi papá por qué me llamo Juan. Se ensimismó, buscó un poco entre sus recuerdos y me respondió que porque en la familia no había ninguno con ese nombre. Imagino que me vio con cara de insatisfecho; entonces me detalló: insinué mi nombre, tu mamá dijo que no porque después, al llamar, nos íbamos a confundir con a quién. Ella propuso el de su padre y yo retruqué que, para tal caso, correspondía el del mío; se opuso porque no le gustaba. Me contó que continuaron con una larga lista de nombres que resultaban siendo de primos, tíos, amigos, borrachos, pendencieros, rijosos… y que, por lo tanto, no.

Se tardaron tanto en decidir que se les pasó el plazo de inscripción de mi llegada al mundo. Tuvieron que cambiar la fecha de mi nacimiento para no pagar una multa. A veces decían que días; otras, meses; y, alguna vez, años. Nunca sabré con certeza cuánto, aunque mi madre aseguraba una fecha y yo le creo.

Mi nombre lo decidió mi papá camino al registro, mientras repasaba que nadie en la familia o allegados se llamara así; no quería tener problemas con Clara, mi mamá, una “apacible” indígena huancavelicana (eso creían todos) que a los 94 años me amenazaba con romperme la cabeza con un palo si algo le parecía que no estaba bien. ¡Cómo extraño esas amenazas!

Mi madre era analfabeta. Su sueño era que yo completara mi educación básica. Por entonces, descontando transición[1]; para los que estudiábamos de día (íbamos al colegio mañana y tarde de lunes a viernes, sábados sólo en la mañana), esto significaba cinco años en primaria y cinco en secundaria. Los que lo hacían en el horario nocturno, porque ya eran mayores y durante el día trabajaban, seis años en cada nivel.

Al concluir la primaria, para acceder a seguir estudios secundarios en un colegio fiscal[2], se debía tener, sumando el promedio final del cuarto y quinto año de primaria, 30 puntos. Entonces era muy bien visto ser alumno de colegio fiscal. Si estabas en uno particular[3], te decían que no eras buen estudiante. Concluir el quinto año de secundaria arrogaba respeto y oportunidades de trabajo.

De esa época tengo un amigo que, cuando era niño, tuvo la desgracia de ser apuñalado múltiples veces. Nadie se explica cómo sobrevivió. De esa infausta experiencia le quedan cicatrices en el pecho, espalda, brazos y piernas. Celebrando el haber aprobado el quinto año de secundaria, fue a la playa con unos amigos. Ahí, todos se soleaban en ropa de baño mientras él permanecía con una camiseta manga larga, cuello cerrado y una trusa que le cubría hasta las rodillas. Estaban en eso cuando un sujeto mal encarado se acercó a ellos y, buscando intimidarlos, abrió su camisa y les mostró una cicatriz que le cruzaba el pecho, al tiempo que les pedía una “colaboración”. Mi amigo se puso de pie y se quitó la camiseta. Aquel tipo, echándose para atrás, se retiró vociferando “tú ganas”.

Me acordé de esto cuando me llamaron para dictar unas clases en una universidad. Previamente debía tener una entrevista con una persona que evaluaría mi competencia. Me presenté a la hora acordada. Me hicieron esperar 42 minutos. Finalmente, me recibieron:—Buenos días, Don Antonio. —¡Doctor! —¿Ah…? (Confundido, ¿me estaba llamando doctor?) —(Puntualizando) ¡Soy Doctor! Tome asiento, señor Arcos. —¡Mimo! —¿Cómo? —¡Soy Mimo! (Precisé, ya que nos íbamos a tratar por nuestras “cualificaciones”).

Revisó mi C.V., respondí algunas preguntas y acepté lo que me ofrecía. Llamó a la secretaria:—Karen, por favor, entréguele al Doctor Arcos una carpeta con las asignaturas que va a tener a su cargo y el horario.

Me retiré sintiéndome como mi amigo, aquel día, en la playa. Y me fui pensando en que nuestros padres se preocuparon inútilmente en elegirnos un nombre y heredarnos un apellido. En estos tiempos, la gente está muy dispuesta a cambiarlos por un rótulo: Licenciado, Doctor, etc. Yo prefiero: Juan; es mi manera de honrar la osadía de Samuel, mi padre.


[1] Un año preescolar, que se dedicaba a la socialización, el aprendizaje de los números (adiciones, sustracciones), letras (vocales, consonantes), y nos ejercitábamos en la lectura deletreando.

[2] Colegio público. En ellos la educación es gratuita.

[3] Colegio privado. En ellos la educación tiene un costo.

jueves, 11 de marzo de 2021

Gracias Ernesto

Hoy, muy temprano, Tito Lugo me informó que el maestro Ráez había fallecido. Un buen rato me quedé pensando en nada, hasta que recordé que él me celebraba una pantomima. Me puse de pie, respiré profundo y mimé, solo. Después vinieron otros recuerdos; de entre ellos, tal vez el primero y el último:

Estaba en una de las primeras clases con él, allá por los setenta, no recuerdo el tema; nos examinó uno por uno. Nos pedía pasar y hacer algunas acciones simples: jugar con una pelota, limpiar un mueble, leer un libro, etc. Luego, inmediatamente después de cada ejercicio, ponía una nota y explicaba el porqué. Hacía un tiempo que yo hacía mimo en las plazas, así que esperaba confiado mi turno. Cuando me tocó, me sorprendió al pedirme que hiciera una kata. Mientras iba al frente me preguntaba, ¿cómo sabe que puedo hacer una kata? Por esos tiempos no compartía eso. Hice la kata. Recuerdo lo que me dijo: no te pongo 20 porque tu mirada no estaba lo suficientemente enfocada, por eso tu energía se dispersaba. Era la evaluación de un experto o de alguien con la suficiente agudeza y sensibilidad para percibirla.

Luego, muchos años, muchas conversaciones, muchas lecciones.

Una de las últimas veces que nos vimos fue una tarde, terminando el 2018, yo salía de la escuela y él llegaba. En el auditorio de al lado ensayaba un grupo de rock preparando el concierto que darían esa noche. Mientras nos estrechamos en un abrazo me dijo: —¿Escuchas? ¡Nuestra música!

El 13 de junio del 2020 recibí un mensaje suyo, vía Messenger: “A este chino lo conozco. No, no es el de la tienda de la esquina. Lo llevo en el corazón. Y me alegra poderle enviar este mensaje”.

Gracias, Ernesto, por toda tu generosidad. Hasta pronto.