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miércoles, 26 de enero de 2022

“Tips” para leer

Me han escrito solicitando guías, trucos, tips, de lectura veloz.

En un primer momento decidí desentenderme del asunto; pero como el correo electrónico traía anexado un volante que publicitaba unas lecciones de lectura cuántica, intrigado, respondí preguntando “cuántico” costaba el curso.

Mientras llegaba la respuesta, un par de cuestiones comenzó a darme vueltas en la cabeza: qué estudios sobre el átomo y o enlaces químicos habrían realizado en el cerebro; interacciones de la luz con las partículas–ondas y las ondas–partículas, en el ojo. Volví a revisar el volante y no encontré nada al respecto, sólo un eslogan: “Lea miles de palabras por minuto”.

Me temo que, así como cualquiera sentencia en asuntos relacionados a la conducta humana sin haber pasado ni por la puerta de una facultad de psicología, ahora sucederá lo mismo con la física.

Nuestro gran defecto: postergar la ejecución de las cosas. Hoy en día, además, queremos que las cosas se hagan casi sin hacer nada. Los centros de formación profesional lo ofrecen: “sé exitoso, estudia una carrera de 5 años en 3”. Hay otra, por ahí, que oferta hacerlo en 2 años.

Permítaseme una digresión: al igual que un atleta no alcanza la élite sin entrenamiento, o Hawking no revolucionó la física sin dedicación, la lectura requiere práctica constante, no atajos.

Habrá escuchado o leído que correr unos 30 minutos diarios es bueno para la salud: ayuda a controlar el peso, tonifica los músculos, fortalece el corazón, etc. Tal vez, hasta lo ha intentado uno o dos días para, luego, dejar olvidados buzos y zapatillas en un rincón.

Quizá, lo mismo le pasó con la lectura (que mejora el conocimiento, la memoria, estimula el razonamiento, el pensamiento crítico, la confianza, etc.). A lo mejor, hasta compró los 100 libros que todos deben leer antes de morir; pero como quiere postergar su muerte, aún no los lee.

No soy experto en la materia, pero compartiré mi parecer sobre el asunto. Iniciar algo requiere esfuerzo, pero una vez en marcha, el trabajo se hace más fácil.

Si tiene una vida sedentaria, pero quiere mejorar su salud saliendo a correr 30 minutos diarios, comience por caminar en un terreno llano durante algunas semanas. Luego, intervalos: corra un minuto a una intensidad moderada y camine dos minutos, hasta completar la media hora, durante un par de semanas. Si paulatinamente incrementa el tiempo que corre y disminuye el que camina, en dos o tres meses seguramente estará corriendo con relativa facilidad aún en terrenos con subidas y bajadas.

Con la lectura pasa algo parecido.

Si no tiene el hábito de leer, no empiece con clásicos densos como Crimen y castigo o Los miserables. Incluso si su mejor amigo le regaló Conversación en La Catedral (si leyera no se los hubiera regalado), evite lanzarse a ellos.

Para comenzar a correr, decíamos: caminar en un terreno llano. Para empezar a leer disponga de 30 minutos y elija algo que le interese, por muy banal que le parezca; de eso que eligió, lea, digamos 3 párrafos, 3 veces; al terminar, cuéntele a alguien lo que ha leído, como si hubiera ido al cine y le cuenta la película a un amigo; si no tiene a quién, a su amigo invisible. Luego, como al correr, pasadas unas semanas, aumente los párrafos a leer y disminuya las relecturas.

Al leer, olvídese de la velocidad. Al comienzo, cuanto más rápido lea, más superficial será su comprensión. Se frustrará y creerá que pierde el tiempo o que nació con una discapacidad genética para la lectura.


Adquiera el hábito. Con constancia, en pocos meses no solo leerá mejor, sino que verá tras la pomposidad de quienes confunden complejidad con profundidad.



miércoles, 12 de enero de 2022

REENCUENTRO

Con unos amigos, alrededor de unos vinos, queso y pan, conversaba sobre estos tiempos del C19. Recordábamos a los que se fueron, felicitábamos a los que se recuperaron y nos congratulábamos de estar, ya, vacunados. Pero uno, un muchachón de unos cuarenta, haciendo un gesto de desaprobación, dijo: yo no me vacuno.

No acostumbro hacer proselitismo, así que no sé qué me llevo a darle mis razones mencionándole el bien que las vacunas habían echo a la humanidad: la viruela ya no existe, el sarampión está controlado, la poliomielitis está por erradicarse; la lucha contra el tétanos, hepatitis, neumococo, influenza, etc. etc. marcha muy bien...

Me interrumpió alegando: ¡Todas esas vacunas se tardaron años en hacerse! ¡No como éstas que las han hecho en meses! Todas son experimentales, no quiero que experimenten conmigo.

A ver, le dije: hace algunos años, cuando era joven, publicar un folleto en blanco y negro me llevaba algunos días; permíteme hacer un recuento muy sucinto. Para comenzar, mecanografiaba el texto; si usaba imágenes o diseñaba un tipo especial de letra para una “llamada”, encargaba un cliché en una fotomecánica; luego, entregaba todo a la imprenta para que ahí, con tipos móviles, preparen las galeras (unas planchas de lo que yo quería impreso, pero invertido); después que pasaban las galeras por la prensa, me enviaban el machote para que lo revise, etc. etc. Hoy en día, preparar un tríptico como ese, y en color, podría llevarme sólo algunas horas y obtener un resultado muchísimo mejor. La ciencia ha avanzado, la tecnología también. Lo que antes tardaba años, hoy se puede hacer en meses.

Se quedó mirándome; luego a los otros, como buscando apoyo. Finalmente dijo: no quiero que Bill Gates me controle con ese chip que meten con la vacuna. Ante ese argumento, decidí no insistir. Pero su padre, que departía con nosotros, como elevando una oración, exclamo: ¡Bill, por favor, si puedes hacer eso, yo hago que lo vacunen y tú lo haces trabajar! El susodicho, ofendido, decidió marcharse. Mientras lo veíamos perderse por una callecita angosta (esa que me había llevado tantas veces a Claudine), cuatro locos, artistes de rue, alzamos nuestras copas y entonamos: […] La bohème, la bohème / On était jeunes, on était fous / La bohème, la bohème / Ça ne veut plus rien dire du tout...

¡Qué recuerdos! Si, la bohemia era la felicidad.

sábado, 13 de noviembre de 2021

Comenzando mi etapa yin

Una persona que piensa todo el tiempo, no tiene más en qué pensar que en los pensamientos mismos, de esta manera pierde el contacto con la realidad y está destinado a vivir en un mundo de ilusiones.
Alan Watts.


Toda mi época escolar usé el llamado uniforme comando, aquél de dril sanforizado y color caqui. Tenía sólo uno, así que los sábados por la tarde lo lavaba y almidonaba; lo planchaba el domingo. Como en invierno demoraba en secar, el lunes, desde las cinco de la mañana, apresuradamente lo asentaba cuidando de hacer bien la raya del pantalón. Ese día «hacíamos formación», cantábamos el himno nacional y el instructor de IPM pasaba revista; nadie quería ser «satélite[1]».

A veces, cuando no tenía dinero para comprar almidón, planchar el uniforme era más complicado porque mientras asentaba una parte se ajaba otra. Sin almidón, la corbata quedaba como el «casimir» de Cantinflas, sólo que en nuestro caso pendía del pescuezo. En resumen, el castigo era seguro. Además, en un uniforme sin almidón la suciedad se impregnaba más y los sábados la tarea del lavado se multiplicaba. Por eso, cuando un profesor nos explicó cómo extraer el almidón de una papa, volví a casa y rallé unas, le agregué agua y colé todo con una tela; luego de unos segundos se asentó la fécula. Nunca más volví a llevar el uniforme sin almidonar.

Después, cuando el tema de clase fue la saponificación, quise hacer jabón; pero los vecinos me interrumpieron quejándose del olor nauseabundo que emitía la grasa de res que estaba derritiendo para conseguir sebo puro.

Creo que estaba en segundo año cuando el profesor nos mostró un electroimán y nos explicó cómo estaba hecho: un núcleo de hierro cubierto con muchas vueltas de un alambre de cobre. ¡Fácil! Llegué a casa, tomé una barra que consideré de hierro, lo envolví repetidas veces con un alambre que extraje de un conductor eléctrico, uní los extremos en un enchufe y lo conecté al tomacorriente; sobrevino un fogonazo y el barrio se quedó sin luz. Nunca más volví a «experimentar» con la energía eléctrica tan a la ligera.

Por esa época, conseguí tubos de ensayo, matraces, pipetas… y elaboré anhídridos, ácidos. Todo esto en el colegio.

Antes de la pandemia mi inclinación por el lado práctico de las cosas era mayor que el teórico. La reflexión, por la reflexión misma, no era una instancia en la que me deleitara.

Pero estos últimos tiempos ingresé a mi etapa «yin». Me di cuenta hoy al devolver una cámara web que no funcionaba correctamente. Eso me perturbó mucho. No sólo que estuviese defectuosa sino el pensar en el proceso de la devolución. La compré el viernes y por algún motivo que no alcanzo a definir me pasé el sábado y domingo especulando en los problemas que, tal vez, me iba a plantear el vendedor para devolverme mi dinero o cambiar el aparato. Se me ocurría que me planteaba un sin fin de trabas y por supuesto lucubraba otras tantas respuestas mías como soluciones. Finalmente el asunto fue sencillo: fui al lugar donde compré el artefacto; el vendedor me reconoció y muy solicito atendió mi reclamo; me ofreció disculpas por el inconveniente y me dio una cámara mejor. Casi me sentí mal, le dije que no quería perjudicarlo, pero… Me interrumpió diciéndome que no había problema, que lo iba a devolver al proveedor; que me daba una cámara de una marca superior, por el mismo precio, para compensarme por la molestia que había sufrido.

¿Para qué me rompí el coco todo el fin de semana? No sé.




[1] Así se llamaba el castigo que consistía en correr, con los brazos en alto, alrededor del instructor, mientras él pasaba revista o rondaba por el colegio. En una oportunidad lo vi con 9 satélites.

jueves, 21 de octubre de 2021

On line

Esta no es una lección.
Es mi forma de aprender.

Hace unos años, en un colegio, observé a dos niños leyendo un libro durante el recreo. De pronto, uno de ellos comenzó a golpear con el dedo una página repetidamente. Al detenerse, exclamó riendo: "No abre el ‘link’". Esa broma encerraba una verdad: los niños de hoy leen de manera omnidireccional.

TESTIMONIO

Me preguntaron hace poco cómo me adapté a dar clases de manera remota. La verdad es que enseñar en esencia a distancia me resulta muy complicado.

Para muchos, puede parecer una tarea sencilla. Al fin y al cabo, las computadoras son parte de nuestra vida cotidiana: las encendemos como máquinas de escribir o las usamos como televisores con infinitos canales.

Pero cuando surgió esta condición existencial, pocos en el ámbito educativo estábamos preparados. Algunos, como yo, sabíamos teóricamente qué hacer, pero —como dice el dicho— "una cosa es saber cómo se hace y otra hacerlo". Otros, la mayoría, intentaron salvar el apuro como pudieron.

Los únicos verdaderamente preparados eran los estudiantes. Para ellos, este medio es parte de su saber ordinario; para nosotros, los profesores, no. Una analogía: es como cruzar un río junto a nadadores expertos. Ellos lo harían con naturalidad; nosotros, no. Puedes tomar clases intensivas, pero nunca igualarás su destreza.

Afortunadamente, las restricciones están llegando a su fin (o al menos esa es mi expectativa). Podríamos hacer borrón y cuenta nueva, pero sin olvidar las lecciones aprendidas. No habrá vuelta atrás, por más que las clases vuelvan a ser presenciales. Entramos —aunque abruptamente— en la era de los canales artificiales de comunicación.

REPASO

Un breve recuento de lo que he logrado registrar hasta ahora:

"Aceptar que, mientras los alumnos viajan en automóviles de alta gama, nosotros lo hacemos en bicicleta. Para no perderlos de vista, debemos conocer —además del tema a tratar— qué es un sistema operativo, una suite ofimática, programación, lenguaje cinematográfico y cómo dominar una plataforma de videoconferencias."

EL SISTEMA OPERATIVO

Dejemos de repetir "Windows" como si fuera un genérico (como "Quaker" o "Ayudín"). Sabemos que la avena no es solo "Tres Ositos", pero con los sistemas operativos muchos no distinguen marcas —no por lealtad a Bill Gates, sino por desconocimiento—.

Un sistema operativo es el programa que gobierna la computadora y todos sus aplicaciones. Existen varios: Para computadoras: Windows (Microsoft), macOS (Apple), Linux (Ubuntu, Fedora, etc.), Chrome OS. Para smartphone y tablets: iOS (Apple), Android (Google).

SUITES OFIMÁTICAS

La más popular (y costosa) es Microsoft Office, pero hay alternativas gratuitas o más económicas igual de funcionales para entornos académicos o profesionales.

Suite
Editor DeHoja dePresentador de
TextosCálculoDiapositivas
MsOfficeWordExcelPowerPoint
iWorkPagesNumbersKeynote
LibreOfficeWriterCalcImpress
PageMakerText MakerPlan MakerPresentations

En mis notas subrayo:

"No obligar a los alumnos a gastar en software caro. Si los inducimos a comprar MsOffice, nos convertimos en vendedores gratuitos de Microsoft. Las copias piratas no son opción si hablamos de ética."

PROGRAMAR

No se trata de escribir código complejo, sino de pensar en algoritmos: secuencias lógicas para resolver problemas. Hoy, no saber programar es como no saber leer. Steve Jobs decía: "Programar enseña a pensar", porque exige claridad y elimina ambigüedades.

LENGUAJE CINEMATOGRÁFICO

Brevemente, para despertar interés:

"El cine es audiovisual. Imagina a alguien tomando café en silencio mientras escucha Una noche en el Monte Calvo (Músorgski). Luego repite la escena con el Nocturno en Do sostenido menor (Chopin). La percepción cambia radicalmente."

Los jóvenes están inmersos en este lenguaje. Tal vez no conozcan su gramática, pero lo interpretan mejor que muchos adultos. Mientras ellos absorben planos de segundos, nosotros esperamos horas su atención frente a una pantalla pixelada.

INTERNET

"Contratar un servicio eficiente. La empresa dominante en mi región no lo ofrece."

PLATAFORMAS (ZOOM, MEET, ETC.)

Elegir una compatible con los dispositivos de los alumnos. Dominarla antes de usarla. Nunca pedir algo que no hayamos probado antes. Recordar: las máquinas obedecen comandos. Si algo falla, el error suele ser nuestro.

LA DEL ESTRIBO

Suele decirse que "los jóvenes no leen", pero quienes lo afirman son a menudo séniores que se resisten a leer en una pantalla. Si queremos que lean, los libros para ellos no pueden seguir los cánones del impreso en papel.