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sábado, 13 de noviembre de 2021

Comenzando mi etapa yin

Una persona que piensa todo el tiempo, no tiene más en qué pensar que en los pensamientos mismos, de esta manera pierde el contacto con la realidad y está destinado a vivir en un mundo de ilusiones.
Alan Watts.

Toda mi época escolar usé el llamado uniforme comando, aquél de dril sanforizado y color caqui. Tenía sólo uno, así que los sábados por la tarde lo lavaba y almidonaba; lo planchaba el domingo. Como en invierno demoraba en secar, el lunes, desde las cinco de la mañana, apresuradamente lo asentaba, cuidando de hacer bien la raya del pantalón. Ese día «hacíamos formación», cantábamos el himno nacional y el instructor de IPM pasaba revista; nadie quería ser «satélite»[1].

A veces, cuando no tenía dinero para comprar almidón, planchar el uniforme era más complicado porque mientras asentaba una parte, se ajaba otra. Sin almidón, la corbata quedaba como el «casimir» de Cantinflas, sólo que en nuestro caso pendía del pescuezo. En resumen, el castigo era seguro. Además, en un uniforme sin almidón, la suciedad se impregnaba más y los sábados la tarea del lavado se multiplicaba. Por eso, cuando un profesor nos explicó cómo extraer el almidón de una papa, volví a casa y rallé unas, le agregué agua y colé todo con una tela; luego de unos segundos se asentó la fécula. Nunca más volví a llevar el uniforme sin almidonar.

Después, cuando el tema de clase fue la saponificación, quise hacer jabón; pero los vecinos me interrumpieron quejándose del olor nauseabundo que emitía la grasa de res que estaba derritiendo para conseguir sebo puro.

Creo que estaba en segundo año cuando el profesor nos mostró un electroimán y nos explicó cómo estaba hecho: un núcleo de hierro cubierto con muchas vueltas de un alambre de cobre. ¡Fácil! Llegué a casa, tomé una barra que consideré de hierro, lo envolví repetidas veces con un alambre que extraje de un conductor eléctrico, uní los extremos en un enchufe y lo conecté al tomacorriente; sobrevino un fogonazo y el barrio se quedó sin luz. Nunca más volví a «experimentar» con la energía eléctrica tan a la ligera.

Por esa época, conseguí tubos de ensayo, matraces, pipetas… y elaboré anhídridos, ácidos. Todo esto en el colegio.

Antes de la pandemia, mi inclinación por el lado práctico de las cosas era mayor que el teórico. La reflexión, por la reflexión misma, no era una instancia en la que me deleitara.

Pero estos últimos tiempos ingresé a mi etapa «yin». Me di cuenta hoy al devolver una cámara web que no funcionaba correctamente. Eso me perturbó mucho. No sólo que estuviese defectuosa, sino el pensar en el proceso de la devolución. La compré el viernes y, por algún motivo que no alcanzo a definir, me pasé el sábado y domingo especulando en los problemas que, tal vez, me iba a plantear el vendedor para devolverme mi dinero o cambiar el aparato. Se me ocurría que me planteaba un sinfín de trabas y, por supuesto, lucubraba otras tantas respuestas mías como soluciones.

Finalmente, el asunto fue sencillo: fui al lugar donde compré el artefacto; el vendedor me reconoció y, muy solícito, atendió mi reclamo; me ofreció disculpas por el inconveniente y me dio una cámara mejor. Casi me sentí mal, le dije que no quería perjudicarlo, pero… Me interrumpió diciéndome que no había problema, que lo iba a devolver al proveedor; que me daba una cámara de una marca superior, por el mismo precio, para compensarme por la molestia que había sufrido.

¿Para qué me rompí el coco todo el fin de semana? No sé.

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[1] Así se llamaba el castigo que consistía en correr, con los brazos en alto, alrededor del instructor, mientras él pasaba revista o rondaba por el colegio. En una oportunidad lo vi con 9 satélites.

jueves, 21 de octubre de 2021

On line

Esta no es una lección, es mi forma de aprender

Hace unos años, en un colegio, observé a dos niños leyendo un libro durante el recreo. De pronto, uno de ellos comenzó a golpear con el dedo una página repetidamente. Al detenerse, exclamó riendo: "No abre el ‘link’". Esa broma encerraba una verdad: los niños de hoy leen de manera omnidireccional.

TESTIMONIO

Me preguntaron hace poco cómo me adapté a dar clases de manera remota. La verdad es que enseñar en esencia a distancia me resulta muy complicado.

Para muchos, puede parecer una tarea sencilla. Al fin y al cabo, las computadoras son parte de nuestra vida cotidiana: las encendemos como máquinas de escribir o las usamos como televisores con infinitos canales.

Pero cuando surgió esta condición existencial, pocos en el ámbito educativo estábamos preparados. Algunos, como yo, sabíamos teóricamente qué hacer, pero —como dice el dicho— "una cosa es saber cómo se hace y otra hacerlo". Otros, la mayoría, intentaron salvar el apuro como pudieron.

Los únicos verdaderamente preparados eran los estudiantes. Para ellos, este medio es parte de su saber ordinario; para nosotros, los profesores, no. Una analogía: es como cruzar un río junto a nadadores expertos. Ellos lo harían con naturalidad; nosotros, no. Puedes tomar clases intensivas, pero nunca igualarás su destreza.

Afortunadamente, las restricciones están llegando a su fin (o al menos esa es mi expectativa). Podríamos hacer borrón y cuenta nueva, pero sin olvidar las lecciones aprendidas. No habrá vuelta atrás, por más que las clases vuelvan a ser presenciales. Entramos —aunque abruptamente— en la era de los canales artificiales de comunicación.

REPASO

Un breve recuento de lo que he logrado registrar hasta ahora:

"Aceptar que, mientras los alumnos viajan en automóviles de alta gama, nosotros lo hacemos en bicicleta. Para no perderlos de vista, debemos conocer —además del tema a tratar— qué es un sistema operativo, una suite ofimática, programación, lenguaje cinematográfico y cómo dominar una plataforma de videoconferencias."

EL SISTEMA OPERATIVO

Dejemos de repetir "Windows" como si fuera un genérico (como "Quaker" o "Ayudín"). Sabemos que la avena no es solo "Tres Ositos", pero con los sistemas operativos muchos no distinguen marcas —no por lealtad a Bill Gates, sino por desconocimiento—.

Un sistema operativo es el programa que gobierna la computadora y todos sus aplicaciones. Existen varios: Para computadoras: Windows (Microsoft), macOS (Apple), Linux (Ubuntu, Fedora, etc.), Chrome OS. Para smartphone y tablets: iOS (Apple), Android (Google).

SUITES OFIMÁTICAS

La más popular (y costosa) es Microsoft Office, pero hay alternativas gratuitas o más económicas igual de funcionales para entornos académicos o profesionales.

Suite
Editor DeHoja dePresentador de
TextosCálculoDiapositivas
MsOfficeWordExcelPowerPoint
iWorkPagesNumbersKeynote
LibreOfficeWriterCalcImpress
PageMakerText MakerPlan MakerPresentations

En mis notas subrayo:

"No obligar a los alumnos a gastar en software caro. Si los inducimos a comprar MsOffice, nos convertimos en vendedores gratuitos de Microsoft. Las copias piratas no son opción si hablamos de ética."

PROGRAMAR

No se trata de escribir código complejo, sino de pensar en algoritmos: secuencias lógicas para resolver problemas. Hoy, no saber programar es como no saber leer. Steve Jobs decía: "Programar enseña a pensar", porque exige claridad y elimina ambigüedades.

LENGUAJE CINEMATOGRÁFICO

Brevemente, para despertar interés:

"El cine es audiovisual. Imagina a alguien tomando café en silencio mientras escucha Una noche en el Monte Calvo (Músorgski). Luego repite la escena con el Nocturno en Do sostenido menor (Chopin). La percepción cambia radicalmente."

Los jóvenes están inmersos en este lenguaje. Tal vez no conozcan su gramática, pero lo interpretan mejor que muchos adultos. Mientras ellos absorben planos de segundos, nosotros esperamos horas su atención frente a una pantalla pixelada.

INTERNET

"Contratar un servicio eficiente. La empresa dominante en mi región no lo ofrece."

PLATAFORMAS (ZOOM, MEET, ETC.)

Elegir una compatible con los dispositivos de los alumnos. Dominarla antes de usarla. Nunca pedir algo que no hayamos probado antes. Recordar: las máquinas obedecen comandos. Si algo falla, el error suele ser nuestro.

LA DEL ESTRIBO

Suele decirse que "los jóvenes no leen", pero quienes lo afirman son a menudo séniores que se resisten a leer en una pantalla. Si queremos que lean, los libros para ellos no pueden seguir los cánones del impreso en papel.

viernes, 6 de agosto de 2021

Memes, cyberbullies, trolls...

Ayer, un par de amigos, a quienes conozco desde mi “cercana” infancia, se enfrascaron en una discusión a gritos frente a mi casa. Se decían de todo, como enemigos. Al principio me dije: «deben estar borrachos»; pero no, no lo estaban. ¿Sobre qué el asunto? Una nimiedad. ¿Quién tenía razón? Ninguno; según yo. Todo era ajos, cebolla, pimienta, harto ají e invocaciones a la madre del otro. Eran amigos, no podían estar tratándose así; es más, eran mis amigos. Le quité el polvo a mis pergaminos de árbitro de artes marciales y salí a imponer la cordura, un poco de orden e instaurar la paz. Me mandaron a la pita que se rompió. Disgustado, volví sobre mis pasos decidido a olvidar a aquellas amistades. De regreso, en casa, me instalé a la PC dispuesto a continuar con mis tareas cotidianas; intercambié ventanas: Writer, Impress… No. Me dije: «primero algo de ocio para olvidar el mal rato». Abrí el “feis” y, ¡zas!, un meme diciéndole zamba canuta a... Por supuesto, con comentarios a favor y en contra, debidamente sazonados. Escapando de un bochinche real, caía en uno virtual. Si acababa de cancelar la amistad de conocidos reales, ¿por qué tenía que soportar a unos virtuales, muchos de los cuales ni conocía? Me dispuse entonces a borrar “contactos”. Pero una voz interior o exterior, no lo sé, me dijo: «no generalices».

Así que correré el riesgo de que me vuelvan a remitir a la pita que...

¿Admiras u odias a alguien? Tendrás tus razones, pero no pretendas que comparta tu admiración u odio porque sí. ¿Quieres hacer de mí uno de tus prosélitos? No lo vas a conseguir reenviándome un meme.

Sucintamente, te cuento:

El 18 de julio de 1962, el general Ricardo Pérez Godoy derrocó a Manuel Prado Ugarteche. Lo recuerdo porque en la familia se armó un avispero. Un tío era odriísta; otro, aprista; no faltaba el belaundista ni el comunista, que era recibido con aprehensión. Durante esas reuniones, chilcanos y ponches con licor de por medio, se hablaba de personas que no conocía, pero que sentía cercanas por la familiaridad con la que los tíos se expresaban de ellas. Lo único que los sacaba de esas acaloradas discusiones, uniéndolos en un brindis unánime, eran los triunfos de Mauro Mina. Desde entonces, por influencia de tíos y primos mayores, me he mantenido informado de la política doméstica. El año 1968, un 3 de octubre, otro general, Juan Velasco Alvarado, derrocó a Fernando Belaunde Terry. Por entonces, yo ya en tercero de media, quise ver de cerca las cosas para poder meter mi cuchara en las reuniones de casa y me di una vuelta por la Plaza de Armas.

De jovencito, intenté leer El Capital. Su lectura me resultó tan complicada que pedí ayuda a mis amigos marxistas. Para mi sorpresa, ninguno lo había leído, pero eso no les impedía lanzar largas peroratas sobre el tema en cuanta oportunidad se presentara. En 1977, leí En Cuba de Cardenal y Archipiélago Gulag de Solzhenitsyn: uno de los dos tenía que ser ficción.

Así que, ya que Mao decía: “quien no ha investigado no tiene derecho a opinar”, aprovechando mi oficio me fui a trotar por el mundo. Visité Moscú en la era soviética; después, durante el mundial de fútbol que organizó Rusia; Alemania (las dos), antes y después de la caída del muro; China, Corea. Aquí cerca, Argentina en tiempos de Videla, Chile de Pinochet (donde portar un texto como La dinámica de la revolución industrial podía meterte en problemas porque en el título decía revolución) y Brasil de Figueiredo. Y, por supuesto, Perú de los últimos sesenta años. He conocido, visto, vivido; digamos algo, un poquito.

¿Necesito orientación? Bueno, ayúdame, pero con evidencias de lo que dices. Mientras tanto, no me “reenvíes” memes proselitistas denigrando a uno u otro. Cuando lo haces, pienso que crees que tengo una discapacidad mental. No suelo dar crédito a las pruebas IQ porque me recuerda a la craneometría; pero si me tengo que atener a ellas para demostrar que soy capaz de hacer inferencias, derivaciones, conclusiones, etc., dejando de lado la modestia, te informo que tengo un IQ arriba del promedio. El primer programa para PC que desarrollé lo hice en tres días sin saber nada de computadoras (aún sé poquísimo); averigüé lo que era un algoritmo en términos de programación, diseñé y codifiqué el algoritmo que solucionaba el problema y ya. Me pagaron bien.

Cuando quieras compartir un “meme”, selecciona a tus amigos, a aquellos que sabes que van a disfrutar de él. El “feis” te da esa opción. Por mi parte, prometo no enviarte mensajes que digan que Alianza Lima es el mejor club peruano (para qué, si eso lo sabe todo el mundo), ni uno que hable mal de tu club o cualquier otro. Tampoco sobre dogmas de fe; prometo no enviarte cadenas. ¿Y de política? Si estás enterado, agradeceré que me informes; pero si solo es una conjetura, especulación o “noticia sin confirmar”, por favor, dispénsame. Equivocadamente, en mi opinión, se dice que el periodista tiene un mar de conocimientos con un centímetro de profundidad; pero recurro a esa metáfora para pedirte que, si solo deambulas por las orillas de un mar como ese, exímeme.

sábado, 31 de julio de 2021

Cualquier tiempo pasado fue mejor

En un grupo de amigos solía bromear con quienes evocaban con nostalgia aquella copla de Jorge Manrique: “Cualquier tiempo pasado fue mejor”. No lo volveré a hacer. 

Cansado del pésimo servicio de Movistar, cancelé mi contrato con esa empresa, activé la TDT en mi televisor y me dispuse a ver un programa sobre deportes. Lo hice con mi mejor ánimo, pero los encargados de presentarlo rápidamente me hicieron añorar el pasado.

Los señores a cargo de los programas actuales demuestran que todo eso que peyorativamente atribuimos a las mujeres tenemos que reconsiderarlo. No, no es una característica de las mujeres; en todo caso, de algunas; como también de algunos dizques “periodistas”: hablan al mismo tiempo, no se escuchan, gritan; no informan, no conversan, no razonan; parlotean, murmuran, cuchichean, comadrean. Sin ningún respeto por el público; mientras uno de ellos permanece arrellanado y displicente, atento a su teléfono, el otro se desaliña sin esfuerzo; los acompañan otros que no hace falta citar. A estos caballeros, un coordinador, director o alguien, debería hacerles notar que si bien trabajan para una estación de radio, ésta también emite una señal de video.

Cualquier profesional que se precie de serlo se prepara teórica y técnicamente. Asumamos que cognitivamente están preparados, pero no tengo que esforzarme mucho para opinar que técnicamente no. Las competencias que deberían tener para ser considerados profesionales (impostación, dicción, propiedad y elegancia en el lenguaje, presencia, etc.) están ausentes en estos señores. Mejorarían bastante si, para comenzar, tuvieran presente aquel viejo refrán: “Cuando un burro rebuzna, los demás paran las orejas”.

Como a muchos, les falta ambición. Se conforman con su mediocridad, de la que supongo creen liberarse criticando la mediocridad de otros. Hay que ser bien caradura para criticar una deficiencia en un deportista siendo un comunicador, locutor, con las carencias señaladas.

martes, 13 de julio de 2021

De "Líderes de opinión" e "influencer"

Y es que en el mundo traidor
nada hay verdad ni mentira
todo es según el color
del cristal con que se mira.

Ramón de Campoamor

Allá por los años 80, comenzando la década, dictaba clases en el Club de Teatro. Un día comenté que necesitaba cortarme el cabello. Zarelita, muy solícita, me dijo que por ahí cerca ofrecía sus servicios una muy buena peluquera. Tomé nota de la dirección y fui. Realmente era buena en su trabajo; así que, me convertí en un cliente más.

Y como suele suceder en estos casos, la cháchara cliente-peluquera, peluquera-cliente, se hizo confidencial. Un día, hablando de mi oficio, comenzamos a hablar de los actores. De pronto, recordó a un colega argentino afincado en Perú. Me contó que lo conoció cuando trabajaba en la peluquería de un reputado estilista de la época. El personaje en mención, que ya lucía una avanzada calvicie, acudía a que le tiñeran el cabello que le quedaba. Uno de esos días lo atendió ella. En un momento de la tarea, se percató de que el tinte estaba manchando el cuero cabelludo del cliente. Muy preocupada, informó del asunto al estilista. El reputado coiffeur la calmó; le alcanzó una mota de algodón embebida en un poco de detergente de vajillas y la instruyó: “si te pregunta, dile que es un producto francés…”. Así lo hizo. Entre risas, recordó que el actor había comentado que se sentía como una cacerola; y que se fue satisfecho. La credibilidad del coiffeur había salvado el momento. Yo también hubiese creído lo que me dijese. Era el salón más prestigioso del país. Pero, ¿a cuento de qué viene todo esto? ¿Puro chisme? No. Hasta hace muy poco eran los "líderes de opinión", ahora son los “influencers” los que moldean la conducta de los individuos. Como el gran coiffeur, éstos son vistos como alguien en quien se puede confiar (juicios, opiniones, etc.) y, por lo tanto, como ejemplos a seguir sin necesidad de evidencias que demuestren que lo dicho por estas personas es verdad. Pura confianza, creencia, esperanza en que lo que dicen es legítimo, cierto: fe. Estos líderes de opinión y/o influencers se aprovechan de nuestra necesidad de saber, estar al tanto, conocer las cosas. Neil deGrasse Tyson, astrofísico y divulgador científico, director del Planetario Hayden en el Centro Rose para la Tierra y el Espacio, dice: “La gente tiene una necesidad incontrolable de tener una respuesta para lo desconocido. Entonces pasa de una declaración totalmente ignorante a una declaración totalmente segura”.

viernes, 11 de junio de 2021

El secreto de la golondrina

Siendo estudiante, allá por los años setenta, tuve ocasión de conocer al maestro Soo Nam Yoo en casa de unos amigos. Al principio no sabía quién era él. Por su parte, el maestro Yoo, creyendo que yo era oriental, me preguntó si estudiaba algún arte marcial. Le dije que era peruano, que había practicado Gông Fu, pero que lo había dejado y que por entonces estaba estudiando. Me habló entonces del Si Pal Ki, arte que él enseñaba y que yo no conocía. Me invitó a sus clases. Se lo agradecí, pero, abrumado, ensayé una excusa ridícula: ya estoy viejo para comenzar un estilo nuevo. Sonrió y me dijo: “el momento de comenzar es cuando se comienza”. A partir de entonces iniciamos una cordial amistad que cultivamos en encuentros casuales donde siempre le escuché decir la palabra justa.

Asistí a sus clases. No fui un alumno regular. Las clases de mimo, teatro, las horas de estudio, ensayo y algún trabajo eventual, me dejaban poco tiempo. En una de ellas me preguntó por el estilo de Gông Fu que había practicado. Cuando se lo dije, con una tiza lo escribió en letras chinas sobre una mesa y me explicó el significado de ellas. En otra ocasión, diciendo “soy un poquito vanidoso porque creo que sé un poco”, trazó cuatro líneas que se cruzaban y comenzó a explicarme, a partir de ellas, el secreto de su arte.

Cuando volví, lo apliqué a mi trabajo, primero como artista y luego como profesor. Ahora, puesto en peligro por la amenaza del Covid-19, ensayo su aplicación y quisiera compartirla, sin ánimo de decir ésta es la solución. Sólo mostrar su lógica. Tal vez a alguien le resulte útil en el trabajo o en algún conflicto personal, lo que sea. Resulta muy complicado explicar una metáfora de experiencia no compartida, pero, en medio de este infortunio, no quiero quedarme sólo en la fatalidad. Ya hay tantos presuntos “especialistas”, que nunca han hecho una investigación, pronunciándose sobre el asunto con falacias magister dixit que... Quiero creer que así como surgen variantes extremadamente letales, también aparecen otras menos agresivas que van a hacer posible que superemos este problema. Aunque no estoy muy convencido de que lo merezcamos.

Las variantes letales nos matan; pero las menos agresivas le dan a nuestro sistema la oportunidad de desarrollar las defensas necesarias: los asintomáticos, los afectados leves e incluso los que se recuperan de cuadros complejos son muestras de ello.

¿Optimista? No. Ya que el virus viene de China, veamos la situación con “mirada” oriental. Si no me han engañado, la palabra crisis en chino se escribe wei ji, literalmente: peligro-oportunidad. Así que, perezosamente, me limitaré sólo a los puntos que coinciden con las recomendaciones que nos han dado los expertos en salud. Ya cada quien lo extrapolará al caso que quiera. No tenemos forma de saber cuál es la variante que ronda cerca de nosotros, mejor dicho cuántas variantes. Casi podría decir que debe haber una variante por cada grupo humano.

Al ir: al norte, el encuentro es letal; al sur, se evita el encuentro; al noreste, se expone al peligro; al noroeste, se esquiva el encuentro. Por eso, en tanto terminamos de estudiar su “fuerza” para aprender a usarla en su contra, evitemos el encuentro y tendremos oportunidad.

La OMS ha decidido bautizar a las variantes de la cepa del coronavirus SARS-CoV-2 como Alfa (a la británica), Beta (a la sudafricana), Gamma (a la brasileña) y Delta (a la de la India). Creo que Alfa tendría que ser la que surgió en China, pero ya está. Me temo que les va a faltar letras del alfabeto griego para nombrar a las mutaciones que vayan identificando porque variantes ya hay, seguramente, decenas y probablemente lleguen a centenas. Por ahora, tengo la curiosidad de saber cómo llamarán a la ya identificada variante peruana, ¿Iota u Omega? Yo elegiría Iota por cuestiones de nemotecnia, así se nos haría más fácil recordar cómo nos han tratado Vizcarra y Sagasti: 180 mil muertos lo documentan.

martes, 25 de mayo de 2021

Legge di Brandolini

Todo el mundo experimenta mucho más de lo que entiende. Sin embargo, es la experiencia, más que la comprensión, lo que influye en el comportamiento.

Herbert Marshall McLuhan

Tendría unos 10 años, transitaba por un costado de lo que era el Mercado Mayorista “La Parada”, serían las 3 ó 4 de la tarde. A la altura del Jr. Pisagua, un charlatán formaba un ruedo; curioso, me integré a su corro. Comenzó haciendo una especie de calistenia: planchas, canguros y aspas de molino. De pronto, chistó, dio una fuerte palmada y, señalando dos extremos del ruedo, voceó: “voy a correr de este lado para allá y, cuando pase por aquí” —señalando el centro del ruedo— “daré dos saltos mortales en el aire y recogeré con la boca este pedazo de papel”. Hizo un pequeño cucurucho y lo puso en el suelo. No recuerdo qué más dijo, tampoco si vendía algo o no, sólo que luego de un rato terminó su asunto y se fue. Mientras la gente que lo había rodeado se dispersaba, me quedé mirando el conito que quedó ahí, olvidado. Nunca hizo lo que dijo que haría. Me fui profundamente defraudado.

Años después era yo el que armaba un ruedo en alguna plaza pública. Ofrecía un espectáculo de mimo y contaba algunas historias cómicas, chistes y juegos de palabras. Para procurarme algún dinero, ofrecía un trueque: “regalaba” unos impresos a cambio de que me “regalen” algunas monedas. Preparaba los impresos con información “cultural” o algún cuento que se me ocurría y que juzgaba interesante. Vendía muchos. Un día, un amigo me dijo que la gente compraba esos impresos, hechos con mimeógrafo en papel bulki, porque creían que en él iban a encontrar más chistes o algo que los haga reír. Entendí entonces que yo estaba haciendo lo mismo que aquel charlatán que vi de niño.

No sé por qué, pero examiné mi hacer y me percaté de algo más. De tanto en tanto, aparecía un detractor que se atrevía a ingresar a mis terrenos: el centro del ruedo, y tratar, desde ahí, de cuestionar lo que hacía y/o decía. Invariablemente eran derrotados por “mis argumentos” y echados del lugar por el público. No me costó mucho reconocer, ante mí, que mis argumentos no eran consistentes; pero aún así los vencía, ¿por qué? Los años dedicados al ejercicio del teatro en lugares donde el público no es cautivo, me hicieron muy eficiente no sólo en la producción artística sino también en la improvisación de tonterías que arrancaban risotadas de la concurrencia. Era claro que esos eran mis recursos en esas disputas verbales: con el beneplácito del público presente, banalizaba muy fácilmente los argumentos de mis ocasionales contendientes.

Por estos días, nuevamente en plan de público, veo hacer conos de papel y anunciar a voces acrobacias, como entonces. Y cuando alguien interviene tratando de develar el engaño, los desacreditan con una patochada que el populorum festeja soñando con una mejora súbita de su realidad. Así, los vendedores de fantasías se dan por consentidos.

¿Se puede hacer algo ante esta situación? Seguramente, pero es una tarea colosal porque el que dice una estupidez tiene una gran ventaja sobre el que pretenda hacerlo razonar. Esta situación la define Alberto Brandolini como “principio di asimmetria della cazzata”: “La energía necesaria para refutar una tontería es mayor que la necesaria para producirla”.

¿Entonces?

Navegando por la red informática, encontré: 
  • Maestro. ¿Cuál es su secreto de la felicidad? 
  • No discutir con idiotas. 
  • Maestro, disculpe usted, pero no estoy de acuerdo. 
  • Tienes razón.