No me manejo por etiquetas políticas ni por marcadores simbólicos. La dicotomía izquierda–derecha siempre la he visto como dos maneras distintas de repartir el poder y la plata, pero contadas con palabras bonitas.
Ambos bandos se presentan como los buenos de la película. Sin embargo, lo que realmente está en juego es algo más simple: ¿quién decide qué hacer con el dinero de tus impuestos y hasta dónde puede llegar el poder para meterse en tu casa, tu negocio o tu vida?
Izquierda: el Estado es tu papá. Él te va a dar todo y te va a cuidar; pero, a cambio, hazle caso y ponte en la fila.
Derecha: el Estado es un estorbo. Hazte solo con tu esfuerzo; pero, si te va mal, es tu problema. No llores.
Izquierda: hay que quitarles a los que tienen más para darles a los que tienen menos.
Derecha: si le quitas al que produce, dejará de hacerlo y, al final, todos terminaremos más pobres.
Esa dicotomía siempre me pareció un engañamuchachos. Sirve para que la gente se pelee, se odie con el vecino por un cartel político y no se dé cuenta de que, muchas veces, unos y otros, cuando llegan al poder, terminan aliándose con los mismos de siempre o robando por igual.
No me identifico con esas etiquetas porque simplifican demasiado la realidad. Eso no significa que no tenga una forma de pensar. La tengo, pero prefiero describirla por sus principios antes que por un rótulo político.
En el plano del conocimiento, soy empírico-racional. Me opongo tanto al dogmatismo como al intuicionismo. Prefiero los hechos verificables antes que la ideología pura. Creo en lo que puedo observar, contrastar y comprender, sin dejar de usar la razón.
En el plano filosófico, me siento cercano al epicureísmo, aunque sin exageraciones. Busco que mi cuerpo esté libre de dolor y mi mente de angustia, miedo o confusión. Valoro el placer moderado, la amistad y la autosuficiencia. Aprecio mucho a mis amigos y trato de depender lo menos posible de los demás.
Y, en lo económico, simpatizo con el agorismo: una palabra elegante para decir que creo en el trabajo independiente y en la informalidad ejercida con responsabilidad. Como artista, siempre me he generado mi propia chamba. He hecho teatro en parques, plazas, casas vacías, garajes o cualquier otro espacio no convencional. También he montado mi taller o mi estudio en una playa, como El Silencio. Yo decido cuándo empiezo, cuándo termino y cuáles son mis metas.
Esa misma libertad intenté mantenerla cuando trabajé para el Estado. Fueron veinte años, más por amistad con los directores de la escuela que por el sueldo —solo alcanzaba para gasolina, mantenimiento y el lugar de estacionamiento de mi automóvil—. Lo hacía convencido de que estaba aportando a la formación de nuevos artistas (vanidad, diría mi padre).
Hoy, al mirar atrás, me hago una autocrítica: no logré conciliar mi propia labor creativa con la docencia. Tal vez por mis propias limitaciones al intentar navegar ambas aguas. Como artista, dejé de crear.
Para mí, la única forma de vivir con dignidad, sin agachar la cabeza ni pedir favores, es en una sociedad donde cada persona pueda trabajar y emprender libremente, sin que el Estado esté constantemente encima. Como decimos por ahí: que nadie te joda y tú no jodas a nadie.
Por eso, si alguien insiste en ponerme una etiqueta, diría que esas referencias describen aspectos de mi manera de pensar, no una camiseta política. No sigo una doctrina completa ni pertenezco a ningún bando. Tomo las ideas que considero útiles y descarto las que no resisten la realidad.
La izquierda suele culpar a los empresarios; la derecha, a los vagos y al Estado. Pero quien tiene calle sabe que la solución no está ni en la izquierda ni en la derecha, sino en la esquina: en la viveza bien entendida —no en la pendejada—, en la autogestión y en salir adelante a pesar de todo, sin esperar que ningún político, sea del color que sea, venga a salvarte.

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