Terminada mi etapa escolar, tenía que decidir qué hacer: ¿cuál iba a ser mi futuro? Me inclinaba por las artes plásticas aunque sin mucha convicción; no por falta de vocación o aptitudes, sino porque la opción «correcta» era ir a la universidad por una carrera liberal: Medicina, Derecho o Ingeniería. Lo contrario decepcionaría a mis padres.
En pleno verano, postulé a la Escuela de Bellas Artes sin ambición que me impulsara ni miedo que me paralizara. Pero una conversación que escuché de madrugada sin querer, en la que mi madre le decía con mucha pena a mi padre: «—Seguramente no se siente capaz—», me decidió finalmente por ir a la universidad, como todos, aunque el ingreso se veía como una posibilidad muy remota. El número de vacantes en el programa de Ciencias e Ingeniería era muy reducido, apenas 200, y los postulantes éramos miles. La mayoría estaba muy preparada en matemáticas, mi talón de Aquiles.
Por esa época, el ajedrez estaba en boca de todos. En Buenos Aires se había desarrollado la competencia que enfrentó a Bobby Fischer contra Tigrán Petrosian para definir al contendiente de Boris Spassky por el título mundial. Yo, como todos, comentaba el triunfo de Fischer, pero no sabía jugar. En mi barrio solo había uno que lo hacía, Jorge B., y no le interesaba enseñarme. De tanto en tanto lo veía en tediosas partidas con extraños, en actitudes muy sesudas. El caso es que mi apremio por prepararme para postular y las noticias del fenómeno Fischer, por alguna razón que no sé precisar, me indicaron que mi medio inmediato era practicar ajedrez. Según yo, para entrenar mi razonamiento.
Compré un tablero barato. Venía con una hoja de instrucciones sobre cómo mover las piezas y las reglas básicas, que aprendí casi de inmediato. El siguiente paso fue enseñarle a mis amigos, porque si no, ¿con quién iba a jugar? Pronto, todos jugábamos.
Nos fuimos familiarizando con los referentes del juego. Como si se tratase de futbolistas, los nombres de Viktor Korchnoi, Anatoly Karpov, Capablanca, Orestes Rodríguez y Najdorf, así como expresiones tipo «Gambito de Dama», «Defensa India de Rey» o «Apertura Ruy López», eran citados en nuestras partidas aunque no correspondieran a lo que estábamos haciendo. Simplemente nos divertía. Incluso nuestros apodos cambiaron: uno pasó a llamarse «Bobo Fisher», otro simplemente «Anatolio», y así.
«¡Carajovich!» era la expresión recurrente ante una jugada sorprendente. Y «¡Jaca jaca!» (un sonido entre la G y la J que terminaba en A) era una muletilla para disfrazar una expresión vulgar que sugería, figurativamente, que nos sacaran el dedo que nos habían introducido con esa jugada.
De pronto, fueron apareciendo tableros de ajedrez de diferentes calidades, colores y medidas «reglamentarias». Nadie se quedaba mirando: todos jugábamos. Nuestros encuentros los desarrollábamos en el parque del barrio. Nos encontrábamos después del almuerzo e iniciábamos, diariamente, unas competencias que duraban hasta muy tarde en la noche.
Un día, cuando ya caía la noche y el parque estaba envuelto en una penumbra apenas matizada por las luces mortecinas del alumbrado público —que iluminaban penosamente caballos, reyes y alfiles—, un grupo de agentes de la PIP irrumpió en la escena con pasos firmes y miradas severas. El silencio se hizo tan denso que hasta los más palomillas se asustaron.
—¿Qué hacen aquí? —tronó el jefe del operativo. —Jugando ajedrez —respondimos, casi al unísono, con la inocencia de quien no tiene nada que ocultar.
No nos creyeron. Revisaron nuestros bolsillos buscando lo prohibido. Nada. En nuestras manos solo había peones, alfiles y reinas de plástico barato. El jefe nos miró con una mezcla de incredulidad y curiosidad.
—¿Así que juegan ajedrez? —dijo, alargando la frase como si fuera una trampa—. ¿Quién es el mejor?
Las miradas se cruzaron y, sin saber por qué, me señalaron a mí. Como jugábamos tendidos en el pasto, el agente se puso en cuclillas frente al tablero. El parque entero contuvo la respiración. La partida fue breve: sus movimientos eran simples; los míos, afilados por tantas tardes de práctica. El jaque mate llegó como una falta de respeto que nos puso más nerviosos aún. Las miradas de mis amigos inquirían: «¡Por qué no te dejaste ganar!».
El silencio se quebró con una sonrisa inesperada. El agente sacó una tarjeta y me la entregó: —Si tienen algún problema, me buscan.
Se fueron dejando atrás un parque que volvió a llenarse de risas, de «¡Carajovich!» y «¡Jaca jaca!», como si el ajedrez hubiera demostrado ser más que un juego: un pasaporte a la honorabilidad.
En muy poco tiempo nos adentramos en el ambiente ajedrecístico de Lima y comenzamos a frecuentar algunos clubes, pero solo como tímidos observadores. En esas estábamos cuando nos enteramos de que había un club llamado «El Alfil Mágico». Nos gustó el nombre y, por puro humor, nos bautizamos «El Caballo Brujo» y comenzamos a tentar suerte en algunos torneos de barrio. La práctica constante nos había permitido desarrollar algunas intuiciones sobre el juego y, con ellas, logramos algunos triunfos que celebrábamos con el entusiasmo de quien gana un campeonato mundial.
Durante el desarrollo del enfrentamiento entre Fischer y Spassky, nos atrevimos a realizar algunos análisis de las partidas y a proponer variantes de juego. Fischer era nuestro favorito, pero a la hora de jugar, «nosotros éramos rusos».
En agosto, antes del llamado «Match del Siglo» desarrollado en Reikiavik que Fischer terminó ganando, mi padre, al dejarme en la cola y ver el número de postulantes, me dijo para confortarme: —No te preocupes, si no ingresas te pongo en una academia de preparación y el próximo año lo vuelves a intentar.
Ingresé a la universidad en el tercer puesto. No fue un día que celebré especialmente. Recuerdo, eso sí, a una chica junto a la pizarra de resultados: —No ingresaste, ¿y ahora? —le dijo su amiga. —Me caso —respondió.
Yo, en silencio, pensé que el ajedrez me había dado algo más que un lugar en la universidad: me había enseñado a pensar, a resistir, a jugar la vida con estrategia.
El primer día de clases no pude evitar un «¡Carajovich!».
