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lunes, 19 de abril de 2021

Tiempo de opinólogos

Pasada la primera vuelta, ha recomenzado el acoso agorero de los “opinólogos” de siempre. ¿Opi… qué? Opinólogos. Etimológicamente, algo así como los que estudian las opiniones; pero, en el lenguaje coloquial: los que opinan. Yo preferiría opinantes u opinadores; pero me abstendré porque podrían decirme: oye tú, mimo, cállate.

Bueno, como el "opinólogo" no es alguien que estudia las opiniones sino alguien que opina, ¿qué lo caracteriza? Pues un proceder, más o menos, como el de los protagonistas del siguiente cuento:

Paseaban dos amigos, cuando vieron a un hombre en lo alto de una colina. —¿Qué hará allí ese individuo? —preguntó uno de ellos. El otro se animó a decir: —Por la postura y el lugar en el que se encuentra, contempla la belleza del paisaje. —No creo —retrucó el primero—; a mí me parece que está esperando ver llegar a alguien. Uno insistió en su punto de vista y el otro también. Como no se ponían de acuerdo, decidieron ir a preguntarle al hombre de la colina:

—Disculpe, señor, ¿contempla usted la belleza del paisaje?
—No.
—¿Espera usted a alguien?
—No.
—Entonces, ¿qué hace aquí?
—Nada. Estoy nomás.

Una opinión no es una verdad, es una idea subjetiva formada sobre hechos observados superficialmente. No es ciencia. Así que, no se extrañen de los disparates, a favor o en contra, de uno u otro, que van a proferir, en lo que sigue de este proceso electoral, los profesionales de la opinología.

Proceso en el que, una vez más, estamos demostrando que tenemos mucha más inclinación a identificarnos con un equipo de fútbol, una estrella del cine o televisión, que a asumir una posición política. Ojo, no digo partido político, eso tendría que venir como consecuencia. Claro, creer que el equipo de fútbol con el cual simpatizamos es el mejor no requiere ningún esfuerzo cognitivo ni nos afecta sustancialmente; tomar una posición política: sí.

—La bandera ondea.
—No, es el viento.
—No es la bandera ni el viento, sino tu espíritu.

miércoles, 7 de abril de 2021

Reflexiones pánfilas

Por estos tiempos se ha hecho común escuchar decir a nuestras autoridades que estamos en guerra, refiriéndose a la circunstancia de encontrarnos en medio de una urgencia sanitaria en la que nos hemos constituido como el país con la peor respuesta a la pandemia y, como consecuencia, con más víctimas.

No faltan voces que culpan a la población de esto. —Son necios —dicen—; no entienden —afirman—; en Corea no son así, en Japón no son asá —proclaman—. Soslayan reconocer que el fruto es del árbol que se ha cultivado.

Dicen que estamos en guerra, pero parece que no saben lo que eso significa. La guerra es el mayor conflicto de estado, una encrucijada entre la vida y la muerte, entre la supervivencia y la extinción.

En Perú parece que nunca comprenderemos esto. En Testimonios Británicos de la Ocupación Chilena en Lima[1] se cita el informe del Teniente de la Real Marina Británica Carey Brenton[2], en el que dice: “A pesar de que, como ya mencioné, habían llegado noticias a Lima sobre el desembarco de los chilenos a Chilca, al volver a la capital esa noche no encontré ningún preparativo para oponerse al desembarco ni se adoptaban medidas enérgicas al respecto. Quizá debería decir aquí, de una vez por todas, que los peruanos no entienden el significado de "medidas enérgicas"; es decir, no tienen idea de cómo actuar inmediata y decisivamente, de improviso. Cuando surge alguna emergencia piensan que "algo" debe hacerse, pero al mismo tiempo se consuelan pensando que es casi seguro que "alguien" está haciendo ese "algo", o si no, entonces será hecho por algún otro el día de mañana”. Por entonces, presa de la desidia y felonía de los mandatarios y su corte, nuestro país sufrió una de las mayores desdichas de su historia; y la estamos repitiendo. Ahora son otros, pero igualmente perdemos un Tarapacá y un Arica de vidas por la indolencia, traición e incompetencia de los actuales.

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[1] Wu Brading, C. (1986). Testimonios Británicos de la Ocupación Chilena en Lima. Lima: Milla Batres.
[2] Observador enviado por la reina Victoria durante la guerra contra Chile.

sábado, 3 de abril de 2021

Nombres o rótulos

Un día, hace mucho, se me ocurrió preguntarle a mi papá por qué me llamo Juan. Se ensimismó, buscó un poco entre sus recuerdos y me respondió que porque en la familia no había ninguno con ese nombre. Imagino que me vio con cara de insatisfecho; entonces me detalló: insinué mi nombre, tu mamá dijo que no porque después, al llamar, nos íbamos a confundir con a quién. Ella propuso el de su padre y yo retruqué que, para tal caso, correspondía el del mío; se opuso porque no le gustaba. Me contó que continuaron con una larga lista de nombres que resultaban siendo de primos, tíos, amigos, borrachos, pendencieros, rijosos… y que, por lo tanto, no.

Se tardaron tanto en decidir que se les pasó el plazo de inscripción de mi llegada al mundo. Tuvieron que cambiar la fecha de mi nacimiento para no pagar una multa. A veces decían que días; otras, meses; y, alguna vez, años. Nunca sabré con certeza cuánto, aunque mi madre aseguraba una fecha y yo le creo.

Mi nombre lo decidió mi papá camino al registro, mientras repasaba que nadie en la familia o allegados se llamara así; no quería tener problemas con Clara, mi mamá, una “apacible” indígena huancavelicana (eso creían todos) que a los 94 años me amenazaba con romperme la cabeza con un palo si algo le parecía que no estaba bien. ¡Cómo extraño esas amenazas!

Mi madre era analfabeta. Su sueño era que yo completara mi educación básica. Por entonces, descontando transición[1]; para los que estudiábamos de día (íbamos al colegio mañana y tarde de lunes a viernes, sábados sólo en la mañana), esto significaba cinco años en primaria y cinco en secundaria. Los que lo hacían en el horario nocturno, porque ya eran mayores y durante el día trabajaban, seis años en cada nivel.

Al concluir la primaria, para acceder a seguir estudios secundarios en un colegio fiscal[2], se debía tener, sumando el promedio final del cuarto y quinto año de primaria, 30 puntos. Entonces era muy bien visto ser alumno de colegio fiscal. Si estabas en uno particular[3], te decían que no eras buen estudiante. Concluir el quinto año de secundaria arrogaba respeto y oportunidades de trabajo.

De esa época tengo un amigo que, cuando era niño, tuvo la desgracia de ser apuñalado múltiples veces. Nadie se explica cómo sobrevivió. De esa infausta experiencia le quedan cicatrices en el pecho, espalda, brazos y piernas. Celebrando el haber aprobado el quinto año de secundaria, fue a la playa con unos amigos. Ahí, todos se soleaban en ropa de baño mientras él permanecía con una camiseta manga larga, cuello cerrado y una trusa que le cubría hasta las rodillas. Estaban en eso cuando un sujeto mal encarado se acercó a ellos y, buscando intimidarlos, abrió su camisa y les mostró una cicatriz que le cruzaba el pecho, al tiempo que les pedía una “colaboración”. Mi amigo se puso de pie y se quitó la camiseta. Aquel tipo, echándose para atrás, se retiró vociferando “tú ganas”.

Me acordé de esto cuando me llamaron para dictar unas clases en una universidad. Previamente debía tener una entrevista con una persona que evaluaría mi competencia. Me presenté a la hora acordada. Me hicieron esperar 42 minutos. Finalmente, me recibieron:—Buenos días, Don Antonio. —¡Doctor! —¿Ah…? (Confundido, ¿me estaba llamando doctor?) —(Puntualizando) ¡Soy Doctor! Tome asiento, señor Arcos. —¡Mimo! —¿Cómo? —¡Soy Mimo! (Precisé, ya que nos íbamos a tratar por nuestras “cualificaciones”).

Revisó mi C.V., respondí algunas preguntas y acepté lo que me ofrecía. Llamó a la secretaria:—Karen, por favor, entréguele al Doctor Arcos una carpeta con las asignaturas que va a tener a su cargo y el horario.

Me retiré sintiéndome como mi amigo, aquel día, en la playa. Y me fui pensando en que nuestros padres se preocuparon inútilmente en elegirnos un nombre y heredarnos un apellido. En estos tiempos, la gente está muy dispuesta a cambiarlos por un rótulo: Licenciado, Doctor, etc. Yo prefiero: Juan; es mi manera de honrar la osadía de Samuel, mi padre.


[1] Un año preescolar, que se dedicaba a la socialización, el aprendizaje de los números (adiciones, sustracciones), letras (vocales, consonantes), y nos ejercitábamos en la lectura deletreando.

[2] Colegio público. En ellos la educación es gratuita.

[3] Colegio privado. En ellos la educación tiene un costo.

jueves, 11 de marzo de 2021

Gracias Ernesto

Hoy, muy temprano, Tito Lugo me informó que el maestro Ráez había fallecido. Un buen rato me quedé pensando en nada, hasta que recordé que él me celebraba una pantomima. Me puse de pie, respiré profundo y mimé, solo. Después vinieron otros recuerdos; de entre ellos, tal vez el primero y el último:

Estaba en una de las primeras clases con él, allá por los setenta, no recuerdo el tema; nos examinó uno por uno. Nos pedía pasar y hacer algunas acciones simples: jugar con una pelota, limpiar un mueble, leer un libro, etc. Luego, inmediatamente después de cada ejercicio, ponía una nota y explicaba el porqué. Hacía un tiempo que yo hacía mimo en las plazas, así que esperaba confiado mi turno. Cuando me tocó, me sorprendió al pedirme que hiciera una kata. Mientras iba al frente me preguntaba, ¿cómo sabe que puedo hacer una kata? Por esos tiempos no compartía eso. Hice la kata. Recuerdo lo que me dijo: no te pongo 20 porque tu mirada no estaba lo suficientemente enfocada, por eso tu energía se dispersaba. Era la evaluación de un experto o de alguien con la suficiente agudeza y sensibilidad para percibirla.

Luego, muchos años, muchas conversaciones, muchas lecciones.

Una de las últimas veces que nos vimos fue una tarde, terminando el 2018, yo salía de la escuela y él llegaba. En el auditorio de al lado ensayaba un grupo de rock preparando el concierto que darían esa noche. Mientras nos estrechamos en un abrazo me dijo: —¿Escuchas? ¡Nuestra música!

El 13 de junio del 2020 recibí un mensaje suyo, vía Messenger: “A este chino lo conozco. No, no es el de la tienda de la esquina. Lo llevo en el corazón. Y me alegra poderle enviar este mensaje”.

Gracias, Ernesto, por toda tu generosidad. Hasta pronto.

miércoles, 3 de marzo de 2021

Ayer tuve un sueño:

Estaba…
Estaba acostumbrado, al llegar a casa,
a recibir el saludo de la mesa de trabajo y el abrazo de mi cama;
algunas veces:
el barullo de niños, fiestas y riñas ajenas;
otras,
el café solitario y la silla vecina siempre vacía.
Así discurría...

Y de pronto me vi actuando en una plaza pública, como hace un montón de años, pero no me reconocía. Mi camiseta rayada había sido reemplazada por un enterizo de presidiario y mis palabras eran gritos sin eco:

No voy a hablar de política porque para eso hay que estar informado; tampoco voy a contar mis tragedias personales porque cualquiera lo está pasando peor que yo. Cuando me tocó hacerme cargo de mi vida opté por el teatro. Desde entonces mi lucha permanente ha sido por poder comer todos los días. No me quejo de eso, yo elegí vivir así. Pero nunca esperé verme desamparando al necesitado; en mi bolsillo nunca había faltado para invitar una comida o un hospedaje. En este último año he sido incapaz de ayudar varias veces, como muchos seguramente, y en cada nueva ocasión la desazón es mayor.

De pronto, Celeste, la mensajera de Hades, con un cabito de vela a punto de extinguirse, abriéndose paso entre mi público, me extendió la mano. Respingué: —¡Quita, carajo! Si quieres llevarme, primero hagamos el amor. Y no sé si despierto o aún soñando, irrumpió, recostó su sombra a mi lado y me sopló al oído: —Mi padre no quiere que el que tenga 70 soles se vacune. Entonces, recordando mal los textos de Ibsen, exclamé: —¡Dios mío, por qué los inteligentes somos gobernados por estólidos y oligofrénicos!

Y firmé mi sueño.

martes, 24 de noviembre de 2020

El Espíritu De Las Combis

Ayer, después de visitar el Museo de Arte, paseé por el Parque de la Exposición. El lugar parece un pequeño vergel: prados bien cuidados, una fuente hermosa, amplios paseos; un remanso de paz y sosiego en esta Lima caótica; pero no. Bastó que tomara asiento en una de las bancas, que me reclinara a disfrutar el rumor a naturaleza cuando irrumpió, a través de unas bocinas, el espíritu de las combis. A mi lado, un pajarillo sufrió un infarto; más allá, un ave que empollaba rompió sus huevos al huir despavorida; los peces se alejaron de la superficie y los loros emigraron a la plaza Manco Cápac en busca de silencio. Indagué entre los presentes; salvo dos sordos, que discutían acaloradamente, la mayoría manifestaba su malestar. Muchos, como yo, habían acudido en busca de paz, hartos del bullicio de la ciudad, y se mostraban contrariados por lo que estaba sucediendo; nadie sabía explicar el porqué a un lugar como éste, casi una reserva, a alguien se le ocurría contaminarla propalando, a bordo de un carro eléctrico que recorría el parque, la publicidad de un circo y de un mercado de artesanías afincado en la playa de estacionamiento. Ese lugar tendría que ser un remanso apenas perturbado por sus residentes: las aves, los peces o el rumor de los árboles agitados por el viento. Un espacio tranquilo para el disfrute de los transeúntes. Pensar que la Municipalidad hizo, en los parques, campañas de lectura. Con ese ruido, ¿cómo podría leerse una línea? Me retiré pensando: el administrador de este lugar debe haber sido chofer de combi. No encontraba otra explicación para tamaño despropósito. ¡Qué lástima!